Discursos de odio
Cómo los discursos de odio, herederos de la propaganda nazi, buscan hoy polarizar y destruir el lazo social.
Cómo los discursos de odio, herederos de la propaganda nazi, buscan hoy polarizar y destruir el lazo social.
Los discursos de odio buscan fracturar y violentar la sociedad.
Los discursos de odio construyeron las condiciones culturales y sociales que hicieron posible el Holocausto, así como otros genocidios y dictaduras. Hoy radicalizan conflictos, construyen narrativas extremistas y convocan a la violencia y a la destrucción del otro.
Quienes hacen de los discursos de odio su forma de comunicar, sin escatimar insultos, denigraciones y humillaciones, suelen acompañarlos de una particular gesticulación y un determinado tono de voz. Son discursos violentos, expresados también a través de una corporalidad agresiva.
El principal arquitecto de la propaganda nazi fue Joseph Goebbels, ministro de Educación y Propaganda de Hitler y responsable de la construcción de mecanismos destinados a instalar y amplificar el odio, principalmente contra los judíos, pero también contra opositores políticos y otras minorías en toda la sociedad europea.
Es útil volver a leer el texto conocido como Los 11 principios de la propaganda, de Goebbels, en el que se describe, con particular cinismo, cómo manipular a los sujetos para hacerles creer que los otros son sus enemigos; que son poderosos, que actúan mediante teorías conspirativas, que nos acechan y que, si triunfan, significarán nuestra destrucción.
En nuestros días, quienes cultivan discursos de odio como instrumento para la construcción de capital político y electoral, así como algunos asesores de marketing político, recurren a mecanismos que guardan semejanzas con esos principios de propaganda.
No hay violencia social masiva, aniquilamientos o genocidios que puedan implementarse sin algún grado de respaldo, tolerancia o complicidad de sectores de la sociedad. El Holocausto constituye una prueba histórica de ello.
Quienes hacen del odio su sistema de comunicación buscan polarizar y fracturar la sociedad. Especulan acerca de los beneficios de que los sujetos se enfrenten entre sí y no desarrollen ninguna capacidad de escucha, y mucho menos de establecer acuerdos.
Incentivan las narrativas de odio en los conflictos armados y denigran o boicotean todo intento de establecer puentes y caminos de encuentro. Para determinados liderazgos políticos, el odio, el conflicto y la narrativa acerca de lo imprescindible que resulta aniquilar al otro pueden convertirse en instrumentos centrales de construcción política.
Las situaciones de extrema crisis social son un caldo de cultivo para instalar narrativas fundamentalistas, con rasgos mesiánicos. Desesperanzar es también un contenido que favorece la fractura y la violencia.
Son quienes apelan al discurso de odio quienes, en muchas ocasiones, se amparan en la libertad de expresión, concepto esencial en todo pensamiento democrático. Es muy importante diferenciar la libertad de expresión de la apología de la violencia, de la incitación a actos violentos y de la provocación destinada a escalar la destrucción.
El Centro Ana Frank trabaja activamente para develar los mecanismos de los discursos de odio: con una diplomatura, con manuales orientativos para comunicadores y con videos en redes sociales a través del programa Desarmando discursos de odio, en su doble acepción: porque son armas y porque deben ser desarticulados. Alertamos sobre los riesgos de responder a los provocadores y de replicar mensajes violentos.
Nuestros programas no están orientados a quienes gestionan esos discursos, porque lo hacen con plena conciencia y clara intencionalidad. Nos dirigimos especialmente a quienes los reproducen acríticamente: a quienes los repiten y multiplican sin dimensionar cómo contribuyen a expandir la violencia y la destructividad.
Un amplio sector de nuestra sociedad desea escapar a las narrativas estigmatizantes y de odio, y elige sumarse a expresiones orientadas a la construcción de convivencia en la diversidad.