La política es mucho más complicada para quienes llegan proponiendo una revolución y una vez en el poder, descubren que deben gobernar con aquellos que llevan décadas dentro del sistema. Javier Milei los llamó "la casta".
En este sentido el presidente se enfrenta a una serie de dificultades porque una cosa es ganar una elección prometiendo romper el sistema y otra bastante diferente es gobernar, conseguir votos en el Congreso, relacionarse con gobernadores, construir alianzas y volver a ganar elecciones dentro de ese mismo sistema.
Frente a esta situación, el Gobierno parece tener tres caminos posibles
Uno. El primero es profundizar el modelo y avanzar sobre los aliados. Es la hipótesis más ambiciosa. Si la economía funciona, la estabilidad se transforma en crecimiento y el crecimiento llega a la vida cotidiana, o sea, la experiencia ciudadana es positiva, Milei puede intentar algo mucho más grande que conservar a su núcleo duro, apropiarse de una parte sustancial del electorado de quienes hasta ahora fueron sus aliados. ¿Cómo es eso? Simple, pasaría a ser el dirigente con mayores posibilidades de derrotar al peronismo y muchos votantes del PRO, del radicalismo y de sectores independientes podrían terminar encontrando en La Libertad Avanza un vehículo electoral para que no vuelva el pasado. Pero ese camino tiene un costo: los aliados.
Porque nadie quiere colaborar durante demasiado tiempo con una fuerza política cuyo objetivo final es quedarse con sus dirigentes, sus votos y su representación. Cuanto más crece Milei sobre ese electorado, menos incentivos tienen sus aliados para fortalecerlo. Lo que electoralmente puede resultar extraordinario, políticamente puede generar aislamiento.
Dos. El segundo camino es hacer política, negociar, generar confianza, cumplir acuerdos y construir con históricos dirigentes, como gobernadores o legisladores. También reconocer intereses diferentes, aceptar que gobernar requiere mayorías y que esas mayorías se construyen con otros, generalmente con presión o articulación.
Es probablemente el camino más previsible hacia la gobernabilidad. Permite reducir conflictos innecesarios, ampliar la base política y acumular confianza en el largo plazo. Pero también tiene un precio porque Milei arriesga aquello que lo hizo Milei.
Su identidad política nació de la irreverencia, de cuestionar las formas tradicionales, denunciar acuerdos, enfrentar corporaciones y decir que no había llegado para administrar lo existente sino para cambiarlo. Sentarse sistemáticamente con aquellos a quienes señaló como responsables del fracaso argentino puede ser necesario para gobernar, pero también puede erosionar su principal diferencial ya que si negocia demasiado corre el riesgo de parecerse a aquello que vino a combatir.
Tres. El tercer camino es probablemente el más complejo: cambiar el enfoque. Ya no alcanzaría solamente con explicar lo realizado, habría que construir una nueva esperanza, reordenar expectativas, volver a plantear un horizonte, renovar la batalla cultural y convencer a la sociedad de que los resultados profundos necesitan más tiempo del inicialmente imaginado.
Políticamente puede funcionar, las sociedades no votan solamente resultados presentes, también votan expectativas.
Una ciudadanía puede atravesar dificultades y aun así acompañar a un gobierno si conserva la confianza en el rumbo y cree que mañana estará mejor, pero este camino también tiene un costo enorme: pedir más tiempo supone admitir, aunque nunca se diga de esa manera, que los frutos esperados no llegaron en los plazos planteados.
Y ahí aparece una dificultad para un Gobierno que construyó buena parte de su potencia alrededor de certezas, velocidad y contundencia. Explicar que la transformación era correcta pero necesita más tiempo obliga a recalibrar expectativas.
Decisiones estratégicas
Por eso Milei enfrenta una decisión estratégica bastante más profunda que elegir candidatos o cerrar alianzas. Tiene tres caminos y en los tres pierde algo.
- Si profundiza y busca absorber el electorado de sus socios, pierde aliados.
- Si acuerda, negocia y hace política tradicional, pierde parte de su identidad irreverente.
- Si cambia el enfoque y pide más tiempo, quizá reconstruye una esperanza futura, pero reconoce implícitamente que el modelo no produjo todos los frutos esperados en los plazos planteados.
No existe una estrategia sin costos.
El problema comienza cuando, para evitar pagar alguno de ellos, se intenta recorrer los tres caminos simultáneamente: confrontar con los aliados y después necesitarlos; denunciar a la política y después negociar con ella; prometer resultados inmediatos y después pedir paciencia.
Eso genera contradicciones difíciles de explicar. Quizás por eso el principal desafío del Gobierno ya no sea solamente económico ni electoral. Es estratégico. Milei tiene que decidir qué está dispuesto a perder para conservar aquello que considera verdaderamente importante. Porque gobernar también es elegir y elegir, inevitablemente, significa renunciar a algo.