Las PASO, la lapicera y el poder: quién elige a quienes elegimos
Sin primarias, alguien sigue eligiendo a los candidatos. La discusión sobre las PASO es, en el fondo, sobre dónde está el poder.
Sin primarias, alguien sigue eligiendo a los candidatos. La discusión sobre las PASO es, en el fondo, sobre dónde está el poder.
Hay una escena que la democracia argentina repite bastante. Un domingo cualquiera, una escuela, una mesa de fórmica, dos fiscales aburridos y una persona entrando al cuarto oscuro con la sensación, modesta pero importante, de que durante unos minutos tiene algo parecido al poder.
Ahí adentro están las boletas. O los nombres. Las opciones. Y entonces elegimos.
Lo curioso es que casi nunca nos preguntamos quién eligió antes. Quién decidió que fueran esos nombres y no otros. Quién ordenó la lista. Quién puso al tercero, bajó al quinto, negoció al segundo. Quién decidió que aquel dirigente que aparecía todos los días en televisión finalmente no estuviera y que otro, bastante menos conocido, ocupara un lugar entrable.
La democracia tiene un escenario y tiene un backstage. El escenario abre los domingos de elecciones. El backstage funciona todo el año.
Las PASO fueron, entre otras cosas, un intento extraño de abrir una puerta entre esos dos mundos. No casualmente la ley que las creó en 2009 se llamó “Ley de democratización de la representación política, la transparencia y la equidad electoral”. Hasta el nombre venía con un diagnóstico. Había algo dentro de los partidos que necesitaba ser democratizado.
Quince años después, la Argentina parece haber llegado a la conclusión contraria. En 2025 las PASO nacionales fueron suspendidas. Y en abril de este año el Gobierno envió al Congreso un proyecto para eliminarlas definitivamente. Su argumento puede resumirse, de manera bastante sencilla, en que las internas son un problema de los partidos y los ciudadanos no tienen por qué pagar ni resolver las peleas de los políticos. En estos días, el oficialismo volvió a acelerar las negociaciones para modificar el sistema pensando en 2027.
El argumento tiene fuerza. Hay algo difícil de explicar en convocar a millones de personas a una elección obligatoria cuando, en muchas categorías, no existe realmente nada que elegir. Es como organizar una final para un equipo que juega solo.
Pero existe un problema. Si eliminamos las PASO, las candidaturas no empiezan a crecer espontáneamente en los árboles. Alguien las sigue eligiendo. La pregunta es quién. Y ahí es cuando la discusión deja de ser administrativa para convertirse en política.
Cuando las primarias fueron suspendidas para las elecciones de 2025 pasó algo increíble. La Cámara Nacional Electoral señaló que se había generado un vacío respecto del proceso de selección de candidatos y recordó que las agrupaciones debían informar qué mecanismos internos utilizarían, resguardando métodos democráticos y derechos de las minorías partidarias.
Es una pequeña paradoja burocrática que cuenta una historia enorme. Sacamos una elección y apareció inmediatamente una pregunta: bueno, entonces, ¿cómo elegimos? Porque las PASO nunca fueron solamente una elección. Fueron también una prótesis para partidos políticos que habían empezado a perder aquello que durante años les daba sentido: afiliados activos, congresos partidarios, internas competitivas, carreras de los militantes, debates programáticos y estructuras capaces de producir dirigentes representativos de un programa de gobierno.
Durante décadas, antes de llegar al votante había un ecosistema. Hoy muchas fuerzas políticas se parecen menos a partidos que a vehículos electorales alrededor de un liderazgo. Nacen alianzas, cambian nombres, se fusionan bloques, aparecen sellos, se rompen coaliciones. El votante reconoce más fácilmente una cara que una doctrina y muchas veces una elección termina organizada alrededor de una persona antes que de una tradición política.
No es únicamente argentino. Hace años que la ciencia política habla del debilitamiento de los partidos como organizaciones intermediarias. Pero acá tenemos una forma particular: la lapicera. “Quién tiene la lapicera” es una de esas expresiones políticas que usamos sin notar todo lo que dicen.
La lapicera arma listas. La lapicera concede lugares. La lapicera representa una forma diminuta y muy gráfica del poder. Antes de que millones opten por un candidato, alguien escribió y ordenó cuáles serían las opciones posibles.
Las PASO intentaban quitarle parcialmente esa lapicera a una mesa chica y prestársela por un domingo a la gente. A veces funcionó. Muchas otras veces no funcionó nada. Había internas auténticas y había simulacros. Había competencia y había listas únicas. Había ciudadanos interesados y ciudadanos preguntándose por qué tenían que levantarse un domingo para resolver una disputa que sentían completamente ajena.
Por eso defender las PASO como si fueran una institución perfecta les resulta a algunos tan sorprendente como les resulta a otros eliminarlas bajo la fantasía de que así desaparece el problema que pretendían resolver.
Porque la política tiene una ley parecida a la de la materia: el poder no desaparece. Se desplaza. Si una decisión deja de tomarse en una primaria abierta, probablemente vuelva a una convención partidaria, a una interna de afiliados, a una mesa de negociación o a un despacho.
Y eso no es necesariamente peor. Los partidos políticos existen, entre otras cosas, para elegir candidatos. Tal vez tenga cierta lógica pedirles que vuelvan a hacerlo. Tal vez una democracia sana no necesite convertir cada discusión interna en una elección nacional.
Habrá que formular la pregunta completa. Existe una tentación muy contemporánea de eliminar intermediarios. Nos molestan los partidos, los sindicatos, los medios, los expertos, las instituciones. Todos parecen ponerse entre nosotros y aquello que queremos. Preferimos la relación directa. El dirigente hablando por redes con el ciudadano, sin estructuras en el medio.
La intermediación tiene mala prensa. El problema es que cuando desaparece el intermediario no siempre queda una relación más horizontal. A veces queda simplemente el líder. Y su lapicera.
Por eso la discusión sobre las PASO es bastante más interesante de lo que parece. Parece una conversación sobre cuánto cuesta organizar una elección. En realidad es una conversación sobre dónde queremos que habite el poder.
Podemos sacar una primaria del calendario. Podemos ahorrar una elección. Podemos devolverle a cada partido la responsabilidad de ordenar su propia casa.
Pero después, cuando llegue el próximo domingo electoral, volveremos a entrar al cuarto oscuro convencidos de que ahí empieza nuestra decisión. Y quizá convenga recordar algo más incómodo: la democracia empieza bastante antes de que nosotros lleguemos a un cuarto oscuro.




