Política

Cuando el ego está por encima de la democracia

El expresidente Mauricio Macri no asistirá a la misa del papa León XIV en Buenos Aires

La decisión de Mauricio Macri de no asistir a la misa del papa León XIV, pese a la invitación formal y democrática del jefe de Gobierno porteño, Jorge Macri, que también fue enviada en tiempo y forma como corresponde, expone una forma de entender el liderazgo político. El contraste con Uruguay, donde el presidente y tres expresidentes recibieron juntos al pontífice, resulta inevitable. La visita del papa a la región funciona también como una lupa que deja expuesta el alma de la política local.

En este caso, lo que queda expuesto es la diferencia entre los dirigentes que comprenden la responsabilidad institucional que les corresponde, o el rol que les toca cumplir, y aquellos que parecen incapaces de dejar sus diferencias personales en segundo plano. Hay actitudes que no se pueden definir como un rasgo político, hay actitudes que simplemente dejan expuesto el ADN del dirigente.

En este caso, lo que deja ver el contraste entre Argentina y Uruguay es la distancia que separa a los líderes que entienden la política como un servicio público de quienes la convierten en una extensión de su propio ego.

Más allá del análisis o las especulaciones, los hechos son los que delimitan la cancha. La visita del papa León XIV a Sudamérica dejará dos imágenes contrapuestas. En Uruguay, el presidente Yamandú Orsi recibió al pontífice acompañado por tres expresidentes: Julio María Sanguinetti, Luis Alberto Lacalle Herrera y Luis Lacalle Pou. Dirigentes de distintas generaciones, partidos y tradiciones políticas que compartieron una ceremonia institucional por encima de sus diferencias.

Del otro lado del Río de la Plata, Mauricio Macri decidió no asistir a la misa que León XIV celebrará el lunes en el Monumento de los Españoles, pese a haber recibido una invitación del jefe de Gobierno porteño, Jorge Macri.

El entorno del expresidente justificó su ausencia, fuera de micrófono y a través de sus voceros de confianza, por compromisos de agenda previamente programados. Creer siempre es una cuestión de fe, y en este caso también. Lo cierto es que la decisión se produce en medio de una disputa política y personal con su primo, que se profundizó después de la derrota del PRO en las elecciones legislativas porteñas de 2025.

La tensión no es nueva. Mauricio Macri mantiene diferencias con Jorge por el rumbo del partido, la estrategia electoral y el futuro político de la Ciudad.

En ese marco, y más allá de las tensiones lógicas de la disputa política, siempre hay matices. Una cosa es discutir candidaturas, liderazgos o estrategias electorales y otra muy distinta es trasladar esas disputas a un acontecimiento institucional e histórico como el que vive la región con la visita de León XIV.

Mauricio Macri fue presidente de la Nación. Ese antecedente le otorga un lugar en la historia democrática argentina y también una responsabilidad que trasciende cualquier pelea familiar o partidaria. No se trata de que esté obligado a asistir a una ceremonia religiosa. Se trata de preguntarse qué mensaje transmite cuando una diferencia política aparece asociada a su decisión de ausentarse.

En ese marco, la comparación con Uruguay resulta especialmente reveladora. Allí, dirigentes que compitieron durante décadas, que defendieron proyectos antagónicos y protagonizaron enfrentamientos electorales, pudieron compartir una misma ceremonia. Algo que ya es una costumbre. No necesitaron renunciar a sus convicciones ni fingir acuerdos inexistentes. Simplemente entendieron que había algo más importante que ellos mismos.

En Argentina, en cambio, el problema excede a Mauricio Macri. El gobierno de Javier Milei tampoco invitó a los expresidentes a la recepción institucional del Pontífice. Una decisión que privó al país de una fotografía de convivencia democrática como la que ofreció Uruguay.

El ego, la egolatría y el narcisismo político pueden convertirse en obstáculos para ejercer el liderazgo. Cuando un dirigente considera que sus heridas personales son más importantes que su responsabilidad pública, corre el riesgo de confundir sus intereses con los de la sociedad.