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Gobernar la atención

La Oficina de Respuesta Oficial no inventa la tensión, pero la asume como método. ¿Aporta claridad o se suma a una saturación que ya nos tiene agotados?

Nicolás Bottini

¿Una democracia si vive de la tensión constante, junto con una sobreabundancia de datos, información y pseudo información, nos vuelve más conscientes o más agotados? En este contexto, ¿hace bien el Estado en sumarse a esa tensión? ¿Amplificarla, gestionarla y protagonizarla, aporta claridad o simplemente le da entidad, volumen y legitimidad a un cansancio que ya estaba ahí?

Arranquemos desde ahí. La sensación es conocida, la tenemos todos. Abrir el celular no para informarse sino para ver qué pasó. No qué pasó en el mundo, sino qué pasó en "la novela". Quién respondió. Quién retrucó. Quién quedó mal parado. La política dejó de ser un sistema de decisiones y se volvió un flujo de episodios. ¿Seguimos "la novela" por convicción, o por inercia? ¿La seguimos como una serie que ya no entusiasma, pero que tampoco abandonamos? ¿O la seguimos con la pasión que se sigue a un equipo que juega, pierde y no enamora, pero no se abandona?

En ese clima aparece la Oficina de Respuesta Oficial en redes. Y el reflejo inmediato es discutir si corresponde, si es autoritaria, si es necesaria, si es peligrosa. Pero quizás lo estamos mirando del lado equivocado. Porque la pregunta no es qué dice el Estado cuando responde, sino por qué siente que no puede no hacerlo.

Gobernar hoy es, antes que nada, no desaparecer. La política ya no se ejerce solo desde normas, presupuestos o instituciones, sino desde la presencia constante en el espacio donde circula la atención. Y la atención es un bien escaso, volátil, ingrato. No se acumula, se pierde. Por eso la obsesión no es convencer, sino estar. No es ordenar, sino aparecer. No es cerrar conflictos, sino administrarlos. La atención política actual es como la electricidad y los hitos mediáticos, transistores que la almacenan. Al menos por un tiempo.

La Oficina no llega a un terreno neutro. Llega a un ecosistema ya saturado, fatigado, intermitente. La tensión no la inventa el Estado. La tensión es el medio. Es el clima. Es el agua. Lo que hace el Estado, al sumarse, es aceptar la regla implícita de época: si no participás del ruido, sos irrelevante.

Y ahí se produce el desplazamiento más interesante. Porque el conflicto, es decir, la forma que adopta el hito mediático, ya no es un accidente de la política sino su combustible. No se busca resolver la tensión, sino sostenerla en un punto óptimo. Ni demasiado alta, para que no explote, ni demasiado baja, para que no se apague la atención. La respuesta oficial no calma, encuadra. No explica, ordena la escena. Define protagonistas, antagonistas, versiones consideradas válidas y relatos descartables. Eso es gestionar la tensión. Ya no como patología, sino como método.

La política se vuelve escénica no porque le falten ideas, sino porque el formato lo exige. Cada respuesta es un acto. Cada cruce, un capítulo. Cada desmentida, una reafirmación de que hay algo en juego. El problema es que lo que está en juego ya no es solo el contenido del debate, sino la capacidad de seguir siendo visibles dentro de él.

En este punto aparece una incomodidad mayor. Cuando el Estado entra a competir por atención, acepta también las lógicas del medio: la velocidad, la simplificación, la ironía, el antagonismo permanente. Gana presencia, pero paga un precio. Se vuelve actor antes que árbitro. Parte antes que marco o encuadre. Episodio antes que proceso. Pero también sabe que es parte del juego y que lo juega y lo entiende muy bien.

Y del otro lado estamos nosotros. El ciudadano ya no es tanto un participante como un espectador exigido. Se le pide atención constante, reacción inmediata, indignación selectiva. Se convierte en testigo de cómo el poder discute consigo mismo y con sus críticos en tiempo real. A veces asiente. A veces se enoja. La mayoría de las veces se cansa. Porque la tensión sostenida no politiza infinitamente y más bien, agota.

La paradoja es cruel. Se supone que más respuestas generan más claridad. Pero en un entorno saturado, cada intervención suma ruido antes que sentido. No porque sea falsa, sino porque llega a un cuerpo social ya fatigado, acostumbrado a la relatividad constante. Todo puede ser verdad y su contrario en la misma línea de tiempo.

Entonces volvemos a la pregunta inicial, que es menos institucional que existencial: ¿sumarse o no sumarse? Tal vez el Estado no tenga mucha alternativa. Tal vez retirarse del espacio mediático sería cederlo por completo a otros actores. Pero sumarse sin preguntarse por el costo simbólico también es una decisión. Cuando el poder se adapta por completo al ritmo de "la novela", corre el riesgo de olvidar algo elemental. No todo lo que requiere respuesta merece centralidad.

Una democracia puede vivir del conflicto. Lo ha hecho siempre. Lo nuevo es vivir de la tensión permanente, sin pausas, sin silencios, sin densidad. Y ahí el riesgo no es la censura ni el autoritarismo clásico. El riesgo es más sutil e implica que la política confunda presencia con conducción, respuesta con sentido, atención con legitimidad.

Quizás la pregunta final no sea si el Estado hace bien en sumarse. La pregunta, en todo caso, es qué tipo de ciudadanía produce ese clima. Porque una cosa es una ciudadanía informada, capaz de jerarquizar datos, distinguir hechos de interpretaciones y decidir con claridad. Y otra muy distinta es una ciudadanía permanentemente estimulada, notificada e interpelada, sacudida por datos sueltos, versiones cruzadas y verdades provisorias que duran lo que dura un scroll.

La tensión constante no nos vuelve necesariamente más lúcidos. A veces solo nos mantiene despiertos. Y una democracia puede funcionar con ciudadanos conscientes. Pero se desgasta rápido cuando se apoya, sobre todo, en ciudadanos cansados pero excitados.

Si ya no distinguimos entre información y estímulo, entre dato y ruido, entre atención y comprensión, entonces ninguna oficina, por más rápida, activa u omnipresente que sea, va a poder resolver eso por nosotros. Porque el problema ya no es de comunicación, sino de saturación. Y cuando una democracia confunde lucidez con estímulo permanente, lo que produce no es ciudadanía informada, sino cuerpos atentos, cansados y cada vez menos capaces de pensar en silencio.

Nicolás Bottini, Analista político, escribe La rosca y la tuerca: una columna política que no corre detrás de la noticia, sino de su sombra.

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El proyecto de biocombustibles abre una grieta federal: la alarma en las PyMEs del biodiésel

  • Aumento de cortes obligatorios. Este proyecto de LLA elevaría las mezclas mínimas un año después de su sanción, llevando el bioetanol del 12% al 15% y el biodiésel del 7,5% al 10%.

  • Beneficio para el bioetanol. Un 12% del total de bioetanol quedará blindado en partes iguales para la caña de azúcar y el maíz. Beneficia a Tucumán, Salta y Jujuy.

  • Progresiva desprotección del biodiésel. Para las PyMEs no integradas, la cuota de mercado reservada descenderá gradualmente hasta llegar a un piso del 3% entre 2031 y 2036, compitiendo con las grandes aceiteras. Gracias a este punto se pierden votos.

  • Conflicto en el Senado. La disputa rompió alianzas. Legisladores de provincias azucareras enfrentan a los de distritos con fuerte producción de biodiésel (Santa Fe, Buenos Aires, San Juan y La Pampa), quienes exigen congelar el cupo PyME en 3% de forma permanente.

  • Sin sesión. Debido a la falta de apoyos de los senadores de estas provincias, se cayó la sesión que se esperaba este jueves 10 para darle media sanción al proyecto.

La inflación de agosto fue del 1,7%, la más baja en más de un año

  • Desaceleración marcada. El IPC de agosto se ubicó en 1,7%, por debajo del 2,1% de julio y el registro más bajo desde junio de 2025. La variación interanual llegó a 33,5% y la acumulada en el año a 21,3%.
  • Los estacionales, motor de la baja. Los precios estacionales cayeron 0,9%, empujados por bajas en paquetes turísticos y prendas de vestir, compensadas parcialmente por alzas en verduras y frutas. El IPC Núcleo, en cambio, no acompañó la desaceleración y marcó 1,8%, similar a julio.
  • Vivienda y Educación, las subas más altas. La división de mayor aumento fue Vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles (2,8%), seguida por Educación (2,5%). En el otro extremo, Recreación y cultura no tuvo variación (0%) y Prendas de vestir y calzado bajó 0,6%, su segunda caída consecutiva.
  • En línea con las expectativas del mercado. El dato coincidió con lo que preveía el REM (1,7%) y con el índice de precios de la Ciudad de Buenos Aires, que ya había anticipado la tendencia a la baja.
  • Festejo oficial. El ministro Luis Caputo destacó que fue la suba más baja para un mes de agosto desde 2017 y remarcó que la media móvil de 3 meses cayó a 1,9%, con cinco bajas consecutivas. Milei celebró el dato en X.