La generosidad con la promesa y la pereza ante el abismo
La respuesta en los mercados financieros está en construir carteras que sobrevivan a la que nadie adivinó, con menos apalancamiento, más liquidez, menos dependencias únicas, más redundancia
La respuesta en los mercados financieros está en construir carteras que sobrevivan a la que nadie adivinó, con menos apalancamiento, más liquidez, menos dependencias únicas, más redundancia
Los mercados financieros padecen una asimetría que ningún manual corrige del todo. Capitalizan con rapidez una ganancia concentrada, identificable y dotada de símbolo bursátil; pero les cuesta descontar una pérdida difusa, externalizable y sin un balance evidente sobre el cual cargarla. Así es la arquitectura misma del sistema, la promesa tiene promotores, accionistas y comisiones. Por otra parte, la prevención tiene un costo presente y un éxito invisible.
Una columna de Lex del Financial Times rozó el fenómeno con la computación cuántica. El autor observó que los inversores celebraban cada avance de la tecnología mientras el mundo corporativo ignoraba su reverso, es decir, la amenaza sobre la criptografía que protege cuentas bancarias, historiales médicos, secretos de Estado y capas enteras de sistemas heredados imposibles de actualizar. Así, se citó un dato de la consultora Bain, apenas una de cada 10 empresas encuestadas en Norteamérica y Europa tiene un plan financiado para enfrentar el riesgo cuántico. El resto se reparte entre grados diversos de tibieza, desde hojas de ruta sin presupuesto hasta la inacción completa.
El caso cuántico ilustra cómo una ganancia se concentra en un puñado de fabricantes con cotización pública, pero el daño potencial se reparte en las empresas y usuarios que carecen de casilla bursátil donde reflejar la pérdida. Las acciones cuánticas protagonizaron escaladas extraordinarias durante 2024 y 2025 sobre la promesa de una máquina que IBM situó hacia 2029 y Google en un horizonte semejante. Parte de esa valoración fue racional, una acción cuántica funciona como una opción, es una probabilidad pequeña multiplicada por un mercado futuro gigantesco y justifica precios altos sin que nadie crea literalmente en cada fecha anunciada.
Lo que careció de simetría fue el otro lado, porque actores estatales y criminales ya practicaban entonces la cosecha diferida, es decir, robar hoy datos encriptados para descifrarlos cuando la máquina exista. Esa pérdida anticipada no encontró instrumento o precio. Entre tanto, una máquina como la de IBM, con unos pocos cientos de cúbits lógicos, no quiebra criptografía relevante y exige mayores recursos, según cálculos de expertos. Aquí, la opción compró un futuro, pero la amenaza también tenía fecha y nadie la descontó.
La historia financiera ofrece dos variantes del mismo defecto estructural. En 1998 el fondo Long Term Capital Management perdió más del 90% de su capital y necesitó una recapitalización privada de 3.600 millones de dólares. No cayó porque el impago soberano careciera de precedentes, los impagos soberanos acumulaban siglos de historia. Cayó porque el impago ruso convirtió posiciones que parecían independientes en una sola apuesta contra la liquidez mundial. Así, la correlación cambió precisamente cuando el apalancamiento volvía fatal cualquier error. Cuando llegó la crisis de las hipotecas subprime de Estados Unidos en 2007 la titulización hipotecaria no creó la interdependencia entre deudores, la generó la caída nacional de la vivienda junto con la relajación general del crédito. Lo que hizo esta titulización fue ocultarla, concentrarla y propagarla por balances que se creían inmunes.
El primer caso, antes de la pandemia de COVID-19, en febrero de 2020, los índices marcaron máximos con el virus circulando por tres continentes. Los modelos tenían una casilla para pandemias, con seguros, planes de continuidad y registros de riesgo. Lo que no tenían era un plan para la simultaneidad mundial de confinamientos, fronteras cerradas y logística detenida. Y lo que no cabe en la casilla suele entrar tarde en el precio.
El segundo caso es un contraejemplo que confirma la regla. El error del año 2000, el Y2K, fue el riesgo tecnológico inédito que el mundo corporativo enfrentó a tiempo, con presupuestos, auditorías y años de anticipación. La catástrofe no ocurrió y la conclusión popular fue que el peligro había sido una exageración. Sin embargo, casi nadie extrajo la lección correcta, la prevención masiva evitó el desastre. El episodio inoculó a una generación de directivos contra las advertencias tecnológicas y así, el éxito de la previsión se convirtió en argumento en contra de anticiparse.
La psicología aporta el mecanismo individual que la estructura amplifica. El enfoque de Tversky y Kahneman muestra que las personas juzgan probable lo que pueden imaginar con facilidad, y los riesgos sin precedente carecen de una imagen mental. La investigación posterior sobre decisiones tomadas por experiencia agregó que los eventos raros y jamás vividos, se subponderan de manera sistemática. A eso se suman el descuento temporal, el optimismo de las gerencias y un incentivo corporativo implacable. El costo preventivo aparece hoy en los resultados, pero el mérito por una catástrofe evitada no aparece nunca. Shiller completó el cuadro al mostrar que las narrativas contagiosas mueven los precios a través de las expectativas sobre los flujos futuros, y las narrativas de enriquecimiento viajan con más promotores que las de ruina.
Para el inversor, la consecuencia práctica es doble. Por una parte, la postura defensiva exige la admisión de que los riesgos inéditos no aparecen por sí solos en las métricas retrospectivas y solo entran en las pruebas de tensión cuando alguien consigue imaginarlos. La respuesta está en construir carteras que sobrevivan a la que nadie adivinó, con menos apalancamiento, más liquidez, menos dependencias únicas, más redundancia. Por otra parte, la ofensiva es más exigente de lo que parece, porque se debe acertar que el peligro se materialice dentro del horizonte de inversión, que el instrumento elegido responda cuando ocurra, que el costo de esperar no consuma la ganancia y que la empresa elegida capture el valor de la solución.
Por lo tanto, volviendo a la criptografía poscuántica, esta bien puede estar integrada en los productos de Google, Apple y Microsoft, como llegó a casi toda la infraestructura de seguridad, sin que un especialista pequeño capture rentas extraordinarias. Así, la pregunta ante cada riesgo nuevo tiene dos partes, quién soportará la pérdida y quién cobrará por evitarla.
En suma, las carteras contienen simultáneamente la promesa que el mercado celebró y la pérdida difusa que ningún balance quiso reclamar como propia. El resultado, eventualmente, será conocido, y la pregunta es quién fijó el precio de la tenencia accionaria antes de la llegada de esta nueva tecnología.
Las cosas como son.
Mookie Tenembaum aborda temas de tecnología como este todas las semanas junto a Claudio Zuchovicki en su podcast La Inteligencia Artificial, Perspectivas Financieras, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

