Mundo

Trump, Xi Jinping y el regreso del teléfono rojo

La cumbre de Washington dejó acuerdos limitados y una clara señal de dónde se discute el poder mundial. Condicionados por sus urgencias internas, Xi y Trump buscaron administrar una rivalidad que los sobrevivirá, mientras la ONU quedaba al margen.

Por  Fernando Pedrosa

Xi Jinping y Donald Trump. Otra vez, cara a cara. Como hace pocos meses, pero ahora en Washington y en la Casa Blanca: territorio conocido para el presidente norteamericano y menos familiar para su visitante, que llevaba más de una década sin pasar por allí.

El principal resultado del encuentro fue una prórroga de dos meses de la tregua comercial, hasta el 10 de enero, acompañada de rebajas arancelarias. China buscaba más, pero Trump sabe que ese es un terreno sensible en épocas electorales. Un problema que Xi no tiene.

En inteligencia artificial acordaron crear un “teléfono rojo” para tratar posibles incidentes y abrir un canal de diálogo sobre sus riesgos. Lo cierto es que la IA es un terreno en el que gestionar las diferencias parece más viable que alcanzar un acuerdo.

Las tierras raras siguen siendo un punto de fricción: China ofreció prolongar la tregua hasta 2029, pero acordaron solo dos meses. Sobre Taiwán, Trump fue más enigmático: “No hablamos mucho de ello”. Xi, en cambio, insistió en que Washington se opusiera a la independencia de la isla.

Coincidieron una vez más en que Irán no debe desarrollar armas nucleares. También rechazaron que cualquier país u organización imponga peajes en vías navegables internacionales, una cuestión especialmente sensible por la situación en el estrecho de Ormuz.

¿Qué hay de nuevo, viejo?

Estos encuentros rara vez ofrecen resultados absolutos, pero toda cumbre es una buena noticia. Significa que los rivales, de quienes dependen buena parte del orden y la paz mundial, siguen dispuestos a hablar, más allá de los acuerdos que puedan alcanzar.

Tanto Xi como Trump saben que una cumbre no resolverá la disputa por quién será la potencia hegemónica. Ese lugar es para uno solo y ninguno de los dos estará en la presidencia, ni siquiera en este plano vital, cuando llegue el desenlace. Pero sí pueden gestionar su rivalidad. No es poco.

Trump y Xi son también dos adultos mayores, solos en el vértice del poder, desconfiados de quienes los rodean y entrando en la etapa final de sus carreras políticas. Una combinación que los acerca a la tentación, peligrosa y mesiánica, de asegurar un legado o vencer al tiempo.

Pero gobernar esas potencias, además de aspirar al bronce, implica atender múltiples demandas y, sobre todo, resolver urgencias. Para ambos, estas pesan más que la teoría de las relaciones internacionales o el desenlace de una competencia que quizá no lleguen a ver.

La cumbre como show

La escenografía y las palabras elegidas por Trump buscaron agradar a su visitante. Lo recibió con una pompa y unos honores poco habituales, empezando por el gesto de esperarlo al pie de la escalinata del avión del que descendieron Xi y su esposa.

Las cenas, las visitas y los elogios tuvieron un valor particular para la política interna china. Allí se valoró especialmente el respeto que el presidente norteamericano prodigó a su invitado durante toda la estadía. Xi, por su parte, se mostró atento ante el protagonismo de su anfitrión.

Como en la cumbre de Beijing, Trump se rodeó de grandes empresarios, especialmente del sector tecnológico. Con figuras como Elon Musk y los referentes de Nvidia, desplegó un elenco que combinaba poder económico y político.

Frente a ese batallón, Xi eligió una estrategia diferente: una delegación de bajo perfil, con el protagonismo público concentrado en él y su esposa. El contraste entre ambas puestas en escena fue marcado.

Posiblemente, a Xi no le interesaba darles credenciales públicas a empresarios de un sistema en el que las compañías privadas están sometidas al control estatal y sus dirigentes van y vienen. Mucho menos parecía dispuesto a compartir el escenario con otros políticosdel partido.

China atraviesa dificultades que también alcanzan a su dirigencia. El intento de Xi de volver a Mao encuentra resistencias dentro de un partido de más de cien millones de afiliados, cuya vida interna es bastante más compleja de lo que muestra su imagen oficial.

En esas condiciones, la disidencia se manifiesta mediante rumores y operaciones entre bastidores. Reaparece entonces un clásico de la política comunista: la purga. Entre las más llamativas que trascendieron fuera de China están las que alcanzaron a la cúpula militar. Mal momento.

Para Trump, en cambio, las necesidades inmediatas son otras. En poco más de un mes afrontará unas elecciones legislativas decisivas para su proyecto, para la discusión de su sucesión y, más adelante, para su vida en el llano, sin la protección del poder.

¿Cómo serán los últimos dos años? ¿Quién será el próximo presidente norteamericano? ¿Con qué poder llegará Trump a esa instancia? Para influir en esas preguntas necesita algo más que prestigio y ceremonias: necesita resultados concretos.

Entre ellos, que China compre aviones, carne, trigo y otros productos, como había prometido en el encuentro anterior. El fentanilo también sigue en esa agenda. El cumplimiento apenas parcial de aquellos compromisos explica por qué Trump espera que aun su colega chino le dé una mano.

Está previsto que vuelvan a encontrarse en noviembre, en la cumbre de APEC en Shenzhen, y en diciembre, en el G20 de Miami. Para entonces ya habrán pasado las elecciones en Estados Unidos. Habrá que ver si esas reuniones se concretan. Falta una eternidad.

La ONU quedó atrás. Como el siglo XX.

Pero lo más significativo, en términos geopolíticos, quizá haya sido la coincidencia de esta cumbre con la Asamblea General de las Naciones Unidas. Mientras el organismo ofrecía el show de los líderes mundiales en Nueva York, el verdadero poder, el G2, se reunía en Washington.

El mandatario chino cruzó el mundo para asistir a reuniones, ceremonias y actividades en Estados Unidos. Sin embargo, no se acercó a Nueva York, a poco más de trescientos kilómetros, donde sesionaba la Asamblea.

En una política exterior tan cargada de planificación y simbolismos, resulta difícil considerar esa ausencia una casualidad. La decisión de no asistir también a la Asamblea puede leerse como una señal de dónde considera Xi que está el poder y qué lugar ocupa China en ese esquema.

En Nueva York se sucedían los números de stand-up, discursos vacíos sobre inteligencia artificial, con las controversias sobre Israel en el centro de la escena. En Washington, Xi y Trump hacían negocios y discutían sobre los riesgos reales de la IA, el comercio internacional y las guerras.

El contraste difícilmente podría ser más desfavorable para las Naciones Unidas. Quizá esas imágenes simultáneas de Nueva York y Washington sean la postal del declive definitivo de una organización que, aunque cercana geográficamente, está cada vez más alejada del poder.