Javier Milei cumplió 1.000 días como presidente.
1.000 días de Javier Milei: siete buenas y siete malas
Después de 1.000 días la pregunta más interesante es: ¿Javier Milei construyó la confianza necesaria para resolver los problemas que vienen?
Javier Milei cumplió 1.000 días como presidente.
Después de 1.000 días la pregunta más interesante es: ¿Javier Milei construyó la confianza necesaria para resolver los problemas que vienen?
Javier Milei llegó a la Presidencia con una enorme debilidad política. Sin gobernadores propios, con pocos legisladores, prácticamente sin estructura territorial y acompañado por un partido que todavía estaba en construcción. Llegó prometiendo algo bastante más ambicioso que administrar mejor la Argentina: venir a hacer una espacio de revolución, una batalla cultural en el modo y contra los de siempre.
Por eso, después de 1.000 días, la discusión ya no debería ser solamente sobre lo que recibió. Tampoco alcanza con preguntarnos si hizo cosas buenas o malas. La pregunta más interesante es otra: ¿Milei construyó durante estos 1.000 días la confianza necesaria para resolver los problemas que vienen?
Hay siete cuestiones que claramente puede mostrar a favor.
Nunca perdió de vista cuál era el corazón de su programa. Orden fiscal, tranquilidad cambiaria, relación con el FMI, descenso del riesgo país y una inflación que, aunque con serruchos, recorrió una tendencia muy diferente a la que encontró. Podrán discutirse costos, sustentabilidad y consecuencias, pero sería difícil sostener que el Gobierno perdió el foco de aquello que consideraba prioritario.
Algo cambió en la relación entre protesta y circulación. El corte permanente dejó de formar parte de la normalidad cotidiana con la intensidad de otros momentos. El Gobierno instaló una regla, la sostuvo y convirtió ese ordenamiento en uno de sus activos políticos.
Especialmente durante 2024, Milei consiguió algo muy difícil: obligó durante largos períodos a la política, los medios y buena parte de la sociedad a discutir los temas que él proponía. Incluso cuando generaba rechazo, conseguía centralidad. Las derrotas posteriores fueron erosionando esa capacidad, pero el balance de los 1.000 días sigue mostrando a un presidente con enorme potencia para conservar la iniciativa.
Milei comprendió rápidamente que no alcanzaba con haber ganado una elección. Necesitaba construir un espacio. Avanzó sobre el electorado del PRO, incorporó dirigentes y buscó configurar alrededor de La Libertad Avanza una nueva representación del voto antiperonista. Lo hizo muchas veces de manera brutal, pero también con valentía.
Puede gustar o no, pero sabemos dónde está parado. Su alineamiento con Donald Trump, Estados Unidos y el bloque occidental que reivindica forma parte de una identidad internacional explícita. En tiempos donde muchos gobiernos intentan mantener cierta ambigüedad, Milei eligió una posición contundente y muy comprometida.
Es difícil confundir a Milei con otro presidente. Construyó lenguaje, estética, símbolos, enemigos y rituales propios. Incluso aquello que desorienta forma parte de su identidad. En una política repleta de dirigentes parecidos, logró ser diferente.
Milei sigue siendo un animal de campaña. Está dispuesto a realizar movimientos, actos y disrupciones que buena parte de la dirigencia tradicional ni siquiera consideraría. Puede llenar un Movistar Arena y ser el rockstar de la escena. Esa imprevisibilidad continúa siendo parte de su fortaleza política.
Hasta ahí, siete buenas. También hay siete malas.
Cuando un gobierno concentra poder, conserva aprobación y enfrenta una oposición fragmentada, muchas veces la competencia se traslada hacia adentro. Poder, cargos, candidaturas, negocios, influencia y cercanía presidencial empiezan a convertirse en campos de batalla. El oficialismo tuvo demasiadas internas para una estructura demasiado pequeña.
$LIBRA, ANDIS, Espert, Adorni y otros episodios mostraron una debilidad repetida: al Gobierno le cuesta gestionar comunicacionalmente las crisis. Muchas veces niega, demora, confronta o espera que la agenda cambie. Eso puede funcionar algunas veces pero como sistema, es peligroso. Una crisis sin estrategia suele terminar siendo más grande que el problema original.
Milei construyó centralidad pero no suficientes intérpretes. Le faltan dirigentes violetas con volumen político, capacidad técnica y legitimidad pública para defender el proyecto cuando él no está. Hubo Francos, Lemoine, Laje desde otro lugar, algunos dirigentes incorporados y después buena parte de los amarillos. Parece poco para alguien que anunció una batalla cultural de semejante dimensión.
La irreverencia fue parte del activo inicial de Milei. Romper códigos, decir lo que otros no decían y desafiar convenciones contribuyeron a construir su personaje. El problema aparece cuando la irreverencia se transforma demasiado frecuentemente en agresión o insulto. Allí deja de sorprender y comienza a desgastar. Y la repetición del exceso puede terminar erosionando incluso aquello que originalmente funcionaba.
Macri, sectores del PRO, radicales, gobernadores y dirigentes que alguna vez estuvieron cerca terminaron tomando distancia o expresando desconfianza. Construir poder también requiere conservarlo. Gobernar no es solo disciplinar adversarios: requiere generar confianza entre quienes acompañan.
Probablemente sea uno de los mayores desafíos. Una parte de la sociedad puede reconocer determinados resultados económicos y simultáneamente, sentir que esos resultados todavía no llegaron a su experiencia cotidiana. Salario, consumo, empleo, servicios, salud, educación y expectativas también construyen percepción económica. No se come con batalla cultural. En algún momento, la estabilización necesita transformarse en bienestar perceptible. La experiencia ciudadana, puede llegar a ser un pasivo complejo hacia 2027.
Universidades, Garrahan, CONICET, gobernadores, periodistas, artistas, empresarios, opositores y hasta antiguos aliados. El conflicto puede ser una herramienta formidable para construir identidad, el tema aparece cuando se transforma en sistema permanente de gobierno. Nadie puede combatir contra todos durante todo el tiempo sin acumular costos que pueden producir derrotas.
Milei demostró que algunas cosas que parecían imposibles podían modificarse. También la capacidad para sobrevivir políticamente con recursos institucionales inicialmente muy limitados: construyó identidad, ordenó prioridades, absorbió buena parte de un espacio electoral y obligó a la Argentina a discutir sobre su agenda.
La pregunta hacia adelante es crucial: ¿Milei y su Gobierno resolvieron los problemas para los cuales fueron convocados? Porque quizás allí esté el verdadero punto de inflexión. Una cosa es llegar para romper un sistema, otra es demostrar capacidad para construir después de la destrucción del antiguo modelo.
Una cosa es la irreverencia revolucionaria en campaña y otra es generar crecimiento, confianza, acuerdos y previsibilidad. Una cosa es ganar una batalla cultural. Otra, bastante diferente, es conseguir que la sociedad sienta que vive mejor.
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Foco en operaciones realizadas en el extranjero. El sistema permitirá que las autoridades fiscales argentinas reciban información sobre transacciones con criptoactivos efectuadas fuera del país, uno de los puntos considerados de mayor riesgo para la ocultación de ingresos y patrimonio.
Se suma a 76 jurisdicciones. Con su incorporación, ya son 77 los países y jurisdicciones que se comprometieron a implementar el CARF y comenzar a intercambiar información de manera automática entre 2027 y 2029.
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