El beneficio del spoiler y la Argentina que espera el final
Saber el final puede volver más soportable una historia. El problema empieza cuando queremos aplicar ese mismo beneficio a la vida, la economía y la política.
Saber el final puede volver más soportable una historia. El problema empieza cuando queremos aplicar ese mismo beneficio a la vida, la economía y la política.
Hay personas que leen la última hoja de un libro, otras que, apenas empieza una película, necesitan saber cómo termina. No quieren todos los detalles. Apenas una certeza mínima. ¿Muere? ¿Se separan? ¿Lo encuentran? ¿Hay justicia al final?
Durante años, el spoiler fue considerado una pequeña falta moral de la vida moderna. Uno podía arruinar una amistad revelando quién era Keyser Söze o explicando, antes de tiempo, qué pasaba en el último capítulo de una serie. De ahí ese cartelito que se convirtió en parte de nuestro idioma digital: “spoiler alert”. Atención: lo que viene puede sacarte algo que todavía no viviste.
Y, aunque el mundo está lleno de adictos al spoiler, lo curioso es que el spoiler no funciona exactamente como pensábamos que funcionaba.
En 2011, en un estudio publicado bajo el título “Spoilers don’t spoil anything” en San Diego, California, dos psicólogos les dieron a distintos participantes cuentos de misterio, relatos con giros inesperados y textos literarios. Algunos los leían normalmente; a otros les daban antes una explicación del desenlace. Contra la intuición, los lectores tendían a disfrutar más las historias cuando ya sabían cómo terminaban. Una de las hipótesis era que conocer el final reducía la ansiedad y permitía prestar más atención al resto.
El spoiler, entonces, no arruina la historia. La hace más soportable. Entonces quizás sea justamente por este mismo principio que resultaría tan difícil vivir en la Argentina sin pedir spoilers.
Esta semana volvió a quedar expuesta una economía que admite relatos distintos según dónde se ponga el foco. La pobreza alcanzó al 32,3% de las personas durante el primer semestre; el desempleo fue de 7,9% en el segundo trimestre; la actividad cayó 2,9% desestacionalizado en julio. Al mismo tiempo, la inflación mensual de agosto fue de 1,7%. Son datos oficiales. Conviven.
Y justamente porque conviven pueden ser ordenados para contar historias diferentes sobre el mismo presente. Y cada vez que aparecen esos números, la conversación dura poco en el presente. Enseguida salta al futuro.
¿Esto se recupera? ¿Se frena? ¿El dólar? ¿El empleo? ¿El consumo? ¿Qué va a pasar en 2027? ¿Hay continuidad política? Es una escena reconocible. Alguien que mira el presente y se pregunta “¿y si mejor espero un poco más, hasta saber qué pasa?”.
No hace falta manejar un fondo de inversión para conocer esa sensación. Puede ser una empresa preguntándose si contrata más gente. Pero también una familia evaluando un crédito, alguien decidiendo si cambia el auto o un comerciante dudando cuánto stock comprar. Todos quieren la misma cosa imposible. Un adelanto del capítulo siguiente. Pero la economía tiene una diferencia fundamental con Netflix porque, mientras esperamos ver el final, lo estamos modificando. Y después usamos ese nuevo presente para intentar adivinar, otra vez, el futuro. Queremos conocer el desenlace para decidir qué hacer, pero nuestras decisiones son parte del desenlace que queremos conocer.
Esa paradoja explicaría algo más profundo que la coyuntura. Vivimos en una época que se volvió extraordinariamente eficiente para eliminar incertidumbres pequeñas. Una aplicación nos dice en cuánto llega el auto. Otra permite ver por dónde viene el delivery. Podemos seguir un paquete desde un depósito hasta la puerta de casa. Sabemos si mañana a las cuatro de la tarde va a llover. Miramos reseñas antes de elegir un restaurante, una película, incluso una licuadora.
Estamos acostumbrados a que esperar no sea esperar, y que sea más bien una cuenta regresiva. La incertidumbre empezó a parecernos una falla de programación. Y entonces nos encontramos con esas pocas zonas de la vida donde ninguna app puede mostrarnos el recorrido en tiempo real. El amor, la enfermedad, la política, la economía, el futuro. Ahí nos ponemos nerviosos.
Argentina, además, agrega una capa especial. Acá la pregunta “¿qué va a pasar?” rara vez es una curiosidad abstracta y puede definir qué hacemos con los ahorros, decidir si compramos algo o no, si nos endeudamos o si preferimos esperar. Tenemos una expresión perfecta para eso: “después de”. Después de las elecciones. Después de diciembre. Después de que se acomode el dólar. Después de que baje la tasa. Después de que repunte el consumo. Después de que se sepa quién viene.
En Argentina parece que vivimos en una sala de espera cuya puerta conduce a otra sala de espera. Y, probablemente, en esa pseudopesadilla kafkiana esté escondida la trampa. Porque a la incertidumbre la pensamos como un intervalo. Algo incómodo que ocurre entre dos momentos de certeza. Resistimos porque suponemos que, en algún momento, las cosas finalmente van a estar claras. ¿Y si no? ¿Y si la incertidumbre no fuera una interrupción de la vida sino una de sus condiciones?
No se trata de romantizarla. La incertidumbre cuesta. Le cuesta a las empresas, a las familias, a los gobiernos y a las personas. Tener horizonte permite planificar. La estabilidad es importante justamente porque reduce la cantidad de energía que gastamos intentando anticiparnos al próximo movimiento. Pero ninguna estabilidad puede darnos las garantías que secretamente anhelamos.
Quizá por eso aquel estudio sobre los spoilers resulta tan inquietante. Saber el final hace más placentera la historia porque libera al lector de la ansiedad de averiguarlo. El verdadero desafío sería trasladar ese deseo de certeza a la vida real. Porque acá nadie escribió la última página.
Queremos conocer el futuro para animarnos a actuar en el presente, sin darnos cuenta de que el futuro se está construyendo, precisamente, con todas esas decisiones que tomamos, que postergamos, mientras esperamos.
Crecer, individualmente o como sociedad, radica en algo bastante menos tranquilizador que aprender a pronosticar mejor. Consiste en aprender a decidir sin el beneficio del spoiler.
