La decoración del futuro
Todo trabajo sentado desaparecerá como fuente de ingreso humano
Todo trabajo sentado desaparecerá como fuente de ingreso humano
Séneca observó que los hombres no viven, se preparan para vivir. La frase suele leerse como un reproche pero es una descripción técnica, nadie habita el presente desnudo. La gente vive en una actualidad amoblada por el futuro y el ascenso que vendrá, la casa que se pagará, los hijos que se ubicarán, tienen el descanso que espera al final. Ese mobiliario no es un pronóstico, sino una expectativa que vuelve habitable lo que ya está. El lunes gris se soporta porque es el pasillo hacia una habitación decorada. Quiten la habitación y el pasillo, sin cambiar un solo ladrillo, y se convierte en celda.
La psicología de la forma explica el mecanismo con dos palabras, fondo y figura. Mientras la expectativa sostiene, todo el costo de la vida diaria es fondo, incluyendo el viaje al trabajo, el jefe mediocre, el alquiler y el cansancio. Nadie los mira porque la figura es el proyecto, sin embargo, cuando la expectativa cae no aparece ningún dolor nuevo sino todos los viejos.
Estos estaban ahí desde siempre pero eran fondo, y de golpe son figura. El mismo viaje, el mismo jefe, el mismo alquiler, ahora son insoportables, porque ya no compran nada. Viktor Frankl lo verificó en el extremo de los campos cuando explicitó que el sufrimiento con sentido se tolera, el mismo padecimiento sin propósito destruye. Una caída de expectativas es la inversión de la figura y el fondo de millones de vidas al mismo tiempo.
Eso es lo que la inteligencia artificial (IA) hace, porque todo trabajo que se hace sentado es, por definición, manipulación de símbolos tales como leer, escribir, calcular, decidir, redactar, diagnosticar, litigar o asignar. La máquina que cumple esas funciones mejor y más barato que el hombre ya existe, y mejora a ritmo creciente. De ahí se sigue que todo trabajo sentado desaparecerá como fuente de ingreso humano. La certeza es la de un eclipse. Antes de que los astrónomos aprendieran a calcular las fechas, nadie serio dudaba de que el eclipse ocurriría, se ignoraba cuándo. Acá el mecanismo está a la vista y la única incógnita es el calendario. Los médicos que midieron su diagnóstico contra la máquina, los profesores de derecho comparando sus respuestas, los estrategas de JPMorgan asignando carteras, ya conocen el resultado, porque lo publicaron ellos mismos.
Ahora bien, las expectativas no son solamente la decoración subjetiva de cada vida. Son una viga de carga del sistema económico. El consumo es esperanza de ingreso futuro y el crédito es expectativa monetizada, con firma y vencimiento. El precio de todo activo es la anticipación descontada. Hasta la natalidad es proyección hecha carne, porque nadie trae un hijo a un futuro que no imagina. Por eso la caída de expectativas se ejecuta sola, el que duda del futuro deja de gastar, de endeudarse, de invertir y de engendrar, y ese retiro simultáneo produce la crisis que temía. Entre tanto, las expectativas caen más rápido que el empleo. Las encuestas en Estados Unidos muestran que seis de cada 10 trabajadores creen que la IA eliminará más empleos de los que creará y que la mitad teme por el suyo, con tasas de desempleo todavía bajas. El daño de la anticipación precede al perjuicio del hecho. Se demuele la decoración antes que el edificio, y una sociedad puede entrar en crisis de sentido con pleno empleo estadístico.
Contra esto se alza siempre el mismo consuelo, el de las transiciones anteriores. Del campo a la fábrica, de la fábrica a la oficina, la humanidad ya cambió de mobiliario y volverá a cambiarlo. El consuelo es falso porque todas las transiciones anteriores cambiaron la forma del trabajo conservando el empleo como institución organizadora. El campesino se hizo obrero y este oficinista, pero la estructura sobrevivió intacta a cada mudanza, es decir, levantarse, ir, hacer, volver, ser alguien por lo que se hace. Esta vez no se muda la institución, sino que se demuele. Y una destrucción no se responde con analogías de mudanza.
Berlín se reconstruyó sobre sus escombros porque estos eran del mismo material que el edificio futuro. La destrucción presente tiene una propiedad más extraña y más grave: sobrevivirá casi todo, el capital, la tecnología, la infraestructura, la riqueza agregada, probablemente en abundancia sin precedente. Pero nada de lo que persiste sirve para reconstruir lo que cae, porque lo que cae no era un depósito de riqueza sino una estructura de sentido, la biografía como carrera, el mérito como escalera, la identidad como oficio. Sobra material del edificio equivocado. La imagen no es la ruina sino la muela extraída, alrededor del hueco todo sigue sano, y justamente por eso el agujero no se regenera.
La historia guarda para este momento una ironía que Bakunin no imaginó. Su sueño, la destrucción total como condición del comienzo verdaderamente nuevo, se cumple sin bakuninistas. No lo ejecuta ningún revolucionario con antorcha, sino la inversión de capital más grande de la historia humana, cientos de miles de millones de dólares aplicados con entusiasmo y método a la demolición de todo trabajo simbólico, mientras no existe en ningún país un presupuesto serio destinado al plano de lo que sigue. La demolición tiene cronograma, financiamiento y accionistas. La reconstrucción no tiene ni un boceto.
Quienes deberían dibujarlo no pueden, y la razón es estructural antes que moral. Los que gobiernan son hijos del edificio que cae; y su carrera, categorías mentales y crecimiento, son piezas del sistema desmembrándose. Pedirles que diseñen el reemplazo de la lógica que los produjo es pedirle a la muela que se extraiga sola. Por eso harán lo único que saben, poner parches con un subsidio acá, un curso de reciclaje allá o una proyección optimista encima.
Sin embargo, sobre una estructura condenada solo posponen el día en que ya no hay sobre qué poner el parche. El eclipse no espera a los astrónomos, y la pregunta de la época no es cómo salvar los empleos; sino qué organiza una vida humana cuando el trabajo ya no cumple esa función. Nadie con poder está formulando esa pregunta, y el tiempo que se gasta en no formularla es exactamente el tiempo que se necesitaba para responderla.
Las cosas como son.
Mookie Tenembaum aborda temas de tecnología como este todas las semanas junto a Claudio Zuchovicki en su podcast La Inteligencia Artificial, Perspectivas Financieras, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

