Faltaron equipos importantes para la historia del fútbol, como Italia. China e India tampoco lograron clasificarse, mientras que Rusia quedó fuera por los vicios guerreros de sus gobernantes. Sin embargo, eso no quitó importancia al torneo, mérito al campeón ni interés al Mundial.
En estos días, Nueva York fue sede de otro mundial: el de la política internacional o, por extensión, el de los políticos. Se disputó en la Asamblea General de las Naciones Unidas y tuvo bastante menos repercusión, audiencia y prestigio.
A diferencia del Mundial de Fútbol, que fue creciendo en soft power, en negocios y en atractivo deportivo, hace muchos años que la ONU —y, por extensión, su Asamblea General— dejaron de ser aquel lugar que reunía a lo más granado del poder político mundial.
En los viejos tiempos del siglo XX, los líderes dejaban por unos días sus problemas nacionales, sus guerras, sus crisis, sus disputas electorales y sus sucesiones para asistir a un encuentro que atraía la atención del mundo porque allí, sin eufemismos, se discutía una buena parte del poder real.
Eso no ocurre en la ONU de hoy. Lo que allí pasa solo interesa a un público muy reducido. Entre los participantes hay personas de mucho poder, pero sus discursos se parecen a un stand-up dirigido a los medios de sus respectivos países. Su repercusión global suele ser la excepción, no la norma.
Los ausentes, China, Rusia, India, Alemania e Italia
Más de cincuenta jefes de Estado y de Gobierno no concurrieron. Tomando como referencia los 193 Estados miembros con voto, la cifra equivale aproximadamente al 26 %. Tampoco es menor que hayan faltado líderes de países con mucho que decir sobre el rumbo de la política mundial.
La Asamblea de la ONU necesita acumular líderes con peso geopolítico y ser sede de acuerdos, peleas y pactos. Por eso la ausencia de los mandatarios de China, India y Rusia afectó significativamente la espectacularidad del evento y es una muestra de su devaluado presente.
El caso de China es especialmente curioso. Su gobierno se presenta como uno de los grandes defensores de un mundo armónico, del respeto a las reglas internacionales y del multilateralismo frente al unilateralismo estadounidense. Pero Xi Jinping no concurrió a la Asamblea.
Lo curioso es que sí viajó a Estados Unidos. Y estuvo en Washington, apenas a unos cientos de kilómetros de Nueva York, para reunirse con Donald Trump. Permaneció varios días en el país, entre actos y reuniones. ¿Por qué no fue también a la ONU?
El activo protagonismo de Xi Jinping en Washington también barrió con las excusas vinculadas a su estado de salud. Para una diplomacia que siempre deja leer entre líneas, privilegiar la cumbre de potencias por encima de la ONU es todo un mensaje.
Entre los ausentes hubo líderes de países que reclaman una ONU capaz de sostener el multilateralismo e incluso de ampliar el Consejo de Seguridad. Pero allí no estuvieron el canciller alemán Friedrich Merz ni la primera ministra italiana Giorgia Meloni.
India tampoco envió a su primer ministro. Entre los países del BRICS, solo Brasil e Irán estuvieron representados por sus presidentes. Tampoco asistieron el sudafricano Cyril Ramaphosa, ni la mexicana Claudia Sheinbaum. Faltó, además, el presidente de Egipto, pese a que Oriente Medio ocupaba un lugar central en la agenda.
Los protagonistas, Netanyahu y Milei
Algunos mandatarios, e incluso figuras ajenas a la Asamblea, encontraron la manera de llamar la atención, ganar espacio en los medios tradicionales e imponerse en las redes. Consiguieron que ese escenario devaluado recuperara, al menos por un instante, cierta gravitación.
Uno de ellos fue el israelí Benjamín Netanyahu (foto). Sobreviviente de mil batallas, sabía lo que significaba presentarse en la ciudad gobernada por Zohran Mamdani, quien había intentado ganar protagonismo internacional reclamando su detención y sugiriendo que podría impedirle participar.
Netanyahu aprovechó su momento: se burló de sus críticos, incluido Mamdani, reivindicó su legado y recordó el ataque del 7 de octubre. También evocó a su hermano Jonathan, muerto en la operación de Entebbe, e hizo referencias mordaces a la operación de los bípers contra Hezbolá.
Volvió a advertir a Irán por las armas nucleares y reprochó al presidente turco, Recep Erdoan por negar el genocidio armenio. Aunque numerosos delegados abandonaron el recinto en señal de repudio, la protesta produjo un efecto Streisand: amplificó el impacto de su discurso.
Distinto y semejante fue el caso del presidente palestino, Mahmud Abás. Estados Unidos le negó el visado y no pudo viajar a Nueva York. Aun así, se las ingenió para intervenir virtualmente y conseguir una gran repercusión internacional.
En ese desfile de protagonistas, Javier Milei (foto) eligió otra vía. El argentino suele encenderse en sus viajes y volverse más programático. Así apuntó a la ONU, a la que definió como una organización inútil que alimenta a "parásitos arrogantes, disfrazados de burócratas bienintencionados".
Milei también cuestionó su actuación durante la pandemia: “Debería avergonzar a esta organización para siempre”, la pasividad ante el terrorismo islamista y los ataques contra cristianos en África. Defendió a Israel, reclamó por Malvinas y situó la inteligencia artificial en el centro de la agenda.
El presidente Javier Milei, durante su discurso en The Economic Club en Nueva York.
No hace falta estar ahí; hace falta estar en la agenda
La presencia del presidente iraní, Masoud Pezeshkian, y de su canciller, Abás Araghchi, fue otro momento de tensión: su país está en guerra con Estados Unidos, anfitrión de la Asamblea y encargado, además, de garantizar la seguridad de ambos.
Los iraníes se movieron con soltura por Nueva York. Se rumoreó incluso un encuentro con Donald Trump, por fuera del marco formal de la Asamblea, algo que Teherán nunca terminó de confirmar. Y, para completar el cuadro, el jueves ofrecieron una curiosa conferencia de prensa.
La participación de Pedro Sánchez fue bastante intrascendente. Lo que más llamó la atención fue su saludo con Delcy Rodríguez: ambos se conocen bien, pero fingieron la frialdad de un encuentro institucional. También se reunió con Mamdani. Poco más.
Tampoco Antonio Guterres debe de estar muy satisfecho con una Asamblea deslucida. Es, posiblemente, uno de los peores secretarios generales que recuerda la larga historia de la ONU. Dejará el cargo en diciembre. Esta fue su última oportunidad y su discurso pasódesapercibido.
Las apuestas sobre su sucesor y nuevo Secretario general siguen abiertas. ¿Será una mujer por primera vez? Lo cierto es que hoy el cargo parece atraer más a burócratas que buscan un cierre honorable para largas carreras que a políticos interesados en acumular poder real.
A diferencia del Mundial de fútbol, el espectáculo de la ONU se repite todos los años. Por eso, el problema está en lo que la organización no consigue hacer durante todos los días restantes.
Quizás por eso tampoco hay demasiado interés ni mucho morbo por saber quién será el campeón.
Después de todo, en la geopolítica global los campeones —y los dueños de la pelota— suelen ser siempre los mismos.