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Política

Marineros de la emergencia

Después de años navegando el caos, muchos argentinos no saben qué hacer cuando el mar se aquieta y nadie marca el rumbo.

Nicolás Bottini

Hay una paradoja silenciosa flotando en el aire argentino. Los números empiezan a ordenar el tablero, pero el ánimo colectivo sigue desordenado. Como si hubiéramos pasado años entrenando para sobrevivir a una tormenta eterna y, de golpe, alguien hubiera bajado el volumen del viento. No hay naufragio a la vista. Y para muchos argentinos, acostumbrados a que siempre pase algo, a vivir al borde del desastre, tampoco hay rumbo claro. Porque cuando la tormenta es permanente, también se vuelve sentido. Y ahí aparece la inquietud, ¿qué hacemos cuando deja de pasar “algo”, cuando el peligro ya no organiza la existencia?

Durante más de una década, y con especial intensidad en los últimos años, aprendimos a vivir en modo emergencia. La inflación no era solo un problema económico. Era una pedagogía cotidiana. Nos enseñó a desconfiar del mañana, a adelantar consumos, a correr antes de saber hacia dónde. Después vino la pandemia y terminó de cerrar el círculo. Aislamiento, miedo, protección. El Estado como escudo. El encierro como virtud. La excepción como regla.

Ese entrenamiento dejó marcas. Nos acostumbramos a que alguien, una normativa, un decreto, una cadena nacional, intentara domar la tormenta. A creer, incluso con cinismo, que el caos era gestionable si se lo regulaba lo suficiente. Como si el mar pudiera parcelarse en decretos y el oleaje se calmara con resoluciones administrativas.

Hoy el clima es otro. Los datos empiezan a acompañar. La inflación baja. El apocalipsis anunciado no llega. Pero la ansiedad persiste para muchos argentinos. Es el desconcierto de quien vivió demasiado tiempo con la guardia alta y no sabe qué hacer con un poco de normalidad. Como esos marineros que pasaron demasiado tiempo en mar abierto y, cuando pisan tierra firme, descubren que el suelo quieto también puede marear.

“Incertidumbre sin épica” aparece entonces como un problema existencial. Antes, la inflación era un enemigo claro. Había una misión diaria. Ganarle al precio, anticiparse, cubrirse. Ahora, en cambio, el desafío es más abstracto. No hay un sobresalto constante que justifique la adrenalina. Y eso, para una sociedad cansada pero acostumbrada al sobresalto, resulta inquietante.

Somos, en algún punto, adictos a la urgencia. La inflación funcionaba como una droga dura, dañina, pero estructurante. Ordenaba comportamientos, conversaciones, decisiones. Quitada esa dosis, aparece el síndrome de abstinencia. El cuerpo social desacelera, pero la cabeza sigue corriendo. La ansiedad no responde a los números porque no es numérica. Es cultural.

Durante años se nos dijo, explícita o implícitamente, que la incertidumbre era un fallo del sistema, algo a corregir. Que, con suficientes regulaciones, subsidios y controles, el futuro podía domesticarse. Esa narrativa fue eficaz porque calmaba. Ofrecía una ilusión poderosa. La de que alguien sabía lo que hacía, incluso cuando no era cierto. El canto de sirenas del Estado protector no prometía prosperidad. Prometía alivio.

Hoy esa música se apagó. Y el silencio abruma. Porque aprender a vivir con incertidumbre no es un dato que baje en una planilla. Es un cambio de mentalidad profundo. Implica aceptar que no todo es controlable, que no hay garantía permanente, que el riesgo es parte del viaje. Para una generación formada en la excepción, eso se siente como abandono.

Se deja atrás una protección infantil para ganar autonomía, aun a costa de miedo. El problema es que nadie nos explicó que esa transición iba a ser así de incómoda. Que no habría fuegos artificiales. Que el heroísmo no estaría en resistir una catástrofe, sino en habitar una normalidad frágil.

Quizás por eso tantos se sienten sin rumbo. Acostumbrados a sobrevivir, no saben bien cómo proyectar. El horizonte se abre, pero abruma. Y frente a un horizonte demasiado amplio, el reflejo es mirar al piso. Replegarse. Desconfiar.

Navegar la incertidumbre no es ir a la deriva. Hace falta algo más que valentía. Hace falta destino. El desafío de esta etapa no es negar la incertidumbre ni romantizarla, sino aprender a orientarse en ella. Porque para un barco sin puerto todos los vientos son de cola… y ninguno sirve.

Reconstruir una brújula colectiva después de años de navegar a los golpes. Aceptar que el mar nunca fue manso, que solo creímos que alguien lo estaba domando por nosotros. Y entender que crecer, como sociedad, no es eliminar la tormenta, sino aprender a leer las fuerzas del cielo.

Nicolás Bottini, Analista político, escribe La rosca y la tuerca: una columna política que no corre detrás de la noticia, sino de su sombra.

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Malvinas: el Gobierno evalúa sumar la pesca al régimen de sanciones

Presidencia
  • Ampliación del proyecto de sanciones. En el marco de la Ley de Defensa de la Soberanía Nacional que se enviará al Congreso, la Casa Rosada analiza extender el esquema de sanciones —hoy centrado en las petroleras— a la actividad pesquera vinculada a licencias británicas en Malvinas.
  • Un reclamo que viene del sector. La Fundación Latinoamericana de Sostenibilidad Pesquera y el peronismo piden aplicar a la pesca el mismo criterio que se usa contra las empresas que operan en la exploración de hidrocarburos sin autorización argentina.
  • Una herramienta legal que ya existe. Desde 2008, el artículo 27 bis de la Ley Federal de Pesca exige a quienes tienen cuotas o licencias en el país declarar que no tienen vínculos con buques que pesquen sin permiso argentino en Malvinas, bajo pena de perder esos permisos.
  • El antecedente con las petroleras. Tras la cadena nacional del 3 de septiembre, Cancillería denunció a 60 empresas y personas vinculadas a proyectos petroleros como Sea Lion, alcanzando también a accionistas, directores y proveedores.
  • Presentación en Diputados. El proyecto ingresará el próximo lunes por la Cámara baja, con Presti (Defensa) y Quirno (Cancillería) como posibles expositores; el oficialismo espera que el tratamiento comience entre fines de septiembre y principios de octubre.

Marc Jacobs, Michael Kors y otras marcas desembarcan en el nuevo shopping OH! Buenos Aires

  • Nuevo centro comercial en Recoleta. Prevé abrir sus puertas en los próximos meses en el predio del ex Buenos Aires Design, contando con 30.000 metros cuadrados, 110 locales y 30 propuestas gastronómicas.

  • Llegada de etiquetas inéditas al país. Firmas internacionales como Stella McCartney, Off-White, Golden Goose, Palm Angels, Scotch & Soda, Dsquared2 y Mandarina Duck tendrán por primera vez locales en la Argentina.

  • Moda automotriz y un esperado regreso. Maserati estrenará un espacio exclusivo destinado a su línea de indumentaria y accesorios, mientras que la firma francesa de trajes de baño Vilebrequin volverá a operar en el país.

  • Impulso importador y capitales nacionales. La llegada de estas grandes marcas globales se da en el marco de la reciente apertura de importaciones, dentro de un proyecto financiado por el grupo argentino Hatzlaja.