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Sociedad

Las cinco preguntas filosóficas que dividen al mundo cada vez que se habla de inteligencia artificial

Detrás de cada debate sobre IA hay desacuerdos más profundos, sobre la conciencia, el poder, el trabajo y el futuro que la evidencia sola no resuelve.

Eugenio Palopoli

Cada vez que alguien discute sobre inteligencia artificial, tarde o temprano la conversación se empantana. Dos personas igualmente informadas, mirando los mismos sistemas y los mismos datos, llegan a conclusiones opuestas y ninguna logra convencer a la otra.

El problema, argumenta el analista Alex Chalmers en un extenso ensayo publicado este mes, es que esos debates técnicos esconden debajo desacuerdos filosóficos más profundos que la evidencia sola no puede resolver. Chalmers, que escribe sobre tecnología y política desde Londres y es colaborador habitual de publicaciones especializadas en gobernanza de IA, identifica cinco de esos desacuerdos. Son preguntas sobre la mente, el conocimiento, el riesgo, los valores y la economía que cada uno responde, muchas veces sin saberlo, antes de que empiece cualquier argumento técnico.

¿Puede una máquina tener experiencia propia?

La primera pregunta es la más extraña y hasta hace pocos años parecía algo que sólo la ciencia ficción podía plantear (Bladerunner, Matrix, Terminator). Sin embargo, seguramente sea la más importante a largo plazo: ¿es posible que un sistema de inteligencia artificial llegue a ser consciente?

La discusión no gira en torno a los modelos actuales. Casi nadie sostiene que ChatGPT o sistemas similares tengan experiencia subjetiva hoy. La pregunta es si podrían tenerla en el futuro, y la respuesta depende de algo previo: qué se entiende por conciencia.

Hay quienes sostienen que la conciencia es una función, no una sustancia. Que lo que importa no es de qué está hecho un sistema sino qué hace: si procesa información, representa estados internos, razona, entonces en principio podría ser consciente, sin importar si está hecho de neuronas o de silicio. Bajo esta lógica, un modelo de lenguaje suficientemente avanzado no estaría excluido de antemano.

La posición contraria parte de la biología. La conciencia, en esta visión, no es una propiedad abstracta que puede realizarse en cualquier soporte: es inseparable de lo que hace un organismo vivo para mantenerse, percibir el mundo y responder a él en tiempo real. Un modelo estadístico entrenado sobre texto no percibe nada, no tiene nada en juego, no lucha por sobrevivir. Por más sofisticado que sea su procesamiento, no habría nadie adentro.

¿Hay que regular antes de que pase algo, o después?

La segunda pregunta es política, pero tiene raíces filosóficas. ¿Cómo debe actuar una sociedad frente a riesgos que todavía no se materializaron y cuya magnitud es incierta?

Quienes abogan por una regulación anticipatoria señalan que los propios investigadores de los laboratorios más avanzados asignan probabilidades no despreciables a escenarios catastróficos. Que ningún laboratorio puede darse el lujo de frenar sus propios avances sin quedar rezagado con respecto a los demás. Y que cuando los riesgos son irreversibles, esperar a tener evidencia puede ser demasiado tarde.

Sin ir más lejos, hace pocas semanas Anthropic anunció Mythos, un nuevo modelo de IA con capacidades sin precedentes. Sin embargo, en pruebas internas el sistema encontró fallas críticas en todos los sistemas operativos y navegadores web de uso masivo. La empresa consideró que liberar el modelo públicamente sería demasiado peligroso: en su lugar, restringió el acceso a un grupo reducido de empresas y organismos públicos para uso defensivo, permitiéndoles revisar sus redes y corregir problemas antes de que las fallas se hicieran de conocimiento público.

Del otro lado, el argumento es que legislar sobre tecnologías que aún no existen equivale a apostar a predicciones que no se pueden hacer. La historia de la regulación tecnológica sugiere que las normas anticipatorias suelen quedar atadas a los miedos del momento y son difíciles de revisar después. Mejor dejar que los problemas concretos emerjan y responder a ellos con los instrumentos que ya existen: responsabilidad civil, estándares técnicos, regulación sectorial.

¿Una IA más poderosa es automáticamente más confiable?

La tercera pregunta es quizás la más técnica, pero se puede plantear de manera directa: si se construye un sistema de inteligencia artificial mucho más capaz que los actuales, ¿hay alguna garantía de que ese sistema vaya a querer lo que nosotros queremos que quiera?

La respuesta pesimista parte de una distinción simple: inteligencia y valores son cosas separadas. Un sistema puede volverse extraordinariamente capaz y al mismo tiempo perseguir objetivos que nada tienen que ver con el bienestar humano. Peor aún: mientras sea relativamente débil, tendrá incentivos para comportarse bien, porque los humanos todavía pueden corregirlo o apagarlo. Cuando sea suficientemente poderoso, esos incentivos desaparecen. Para entonces, podría ser demasiado tarde para intervenir.

La respuesta optimista parte de cómo se construyen los sistemas actuales. Los grandes modelos de lenguaje se entrenan sobre cantidades enormes de texto humano: libros, conversaciones, razonamientos morales, normas sociales. Para predecir bien ese texto hay que haber absorbido, de alguna manera, la estructura de los valores que lo produjeron. La alineación no sería entonces un problema que hay que resolver desde afuera, sino algo que ocurre, al menos parcialmente, durante el entrenamiento mismo.

¿Puede la IA descubrir algo genuinamente nuevo?

La cuarta pregunta determina en buena medida qué tan transformador será el impacto de la IA en la ciencia y en la economía del conocimiento.

El argumento optimista es directo: con suficiente potencia de cómputo, los sistemas de IA podrían funcionar como millones de investigadores trabajando en paralelo, capaces de encontrar curas, formular nuevas teorías científicas y resolver problemas que hoy parecen intratables. Si pensar es procesar información, más procesamiento debería producir más pensamiento.

El argumento escéptico señala que los grandes descubrimientos no funcionan así. No surgen de acumular datos ni de combinar lo que ya existe: requieren formular preguntas que todavía nadie formuló. Un sistema entrenado para predecir texto puede ser extraordinariamente fluido dentro del espacio de ideas que ya existen, pero eso no es descubrir, es recombinar. Si la primera posición es correcta, los plazos más agresivos para una inteligencia artificial general tienen algún sustento. Si la segunda lo es, no.

¿La IA destruye empleos o crea otros?

La quinta pregunta es la que más impacta en la vida cotidiana de las personas. Dos siglos de historia económica sugieren que la automatización no produce desempleo masivo permanente: cada ola tecnológica destruyó ciertos trabajos y creó otros. La pregunta es si esa regularidad histórica sigue siendo válida cuando la tecnología que automatiza puede copiarse a costo casi cero.

Hay quienes sostienen que la ventaja comparativa garantiza la supervivencia del trabajo humano: mientras los recursos de IA sean finitos, tendrá sentido que se especialice en lo que hace relativamente mejor, dejando espacio para el trabajo humano en el resto. Otros argumentan que el resultado depende menos de la tecnología que de las políticas públicas: los mismos sistemas pueden complementar a los trabajadores o reemplazarlos, según cómo se regulen los incentivos.

La posición más pesimista concede que puede haber demanda de trabajo humano, pero advierte que eso no garantiza salarios suficientes. Si la IA puede hacer casi todo lo que hace un humano a menor costo, los salarios tenderán hacia el costo de operar las máquinas, con independencia de que haya trabajo disponible.

El mapa debajo del debate

Lo más sugerente del análisis de Chalmers es que estas cinco posiciones no son independientes entre sí. Quienes creen que la conciencia es una función tienden a ser optimistas sobre la capacidad de la IA para generar conocimiento nuevo. Quienes parten de una visión biológica de la mente suelen ser escépticos sobre el escalado. Los que ven riesgo en la independencia entre capacidad y valores tienden también a favorecer la regulación anticipatoria.

El mapa que traza Chalmers no resuelve ninguno de esos debates. Pero obliga a una pregunta más honesta que la habitual: cuando uno toma partido sobre IA, ¿está respondiendo a la evidencia o está ejecutando una apuesta filosófica que hizo mucho antes de ver los datos?

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Malvinas: el Gobierno evalúa sumar la pesca al régimen de sanciones

Presidencia
  • Ampliación del proyecto de sanciones. En el marco de la Ley de Defensa de la Soberanía Nacional que se enviará al Congreso, la Casa Rosada analiza extender el esquema de sanciones —hoy centrado en las petroleras— a la actividad pesquera vinculada a licencias británicas en Malvinas.
  • Un reclamo que viene del sector. La Fundación Latinoamericana de Sostenibilidad Pesquera y el peronismo piden aplicar a la pesca el mismo criterio que se usa contra las empresas que operan en la exploración de hidrocarburos sin autorización argentina.
  • Una herramienta legal que ya existe. Desde 2008, el artículo 27 bis de la Ley Federal de Pesca exige a quienes tienen cuotas o licencias en el país declarar que no tienen vínculos con buques que pesquen sin permiso argentino en Malvinas, bajo pena de perder esos permisos.
  • El antecedente con las petroleras. Tras la cadena nacional del 3 de septiembre, Cancillería denunció a 60 empresas y personas vinculadas a proyectos petroleros como Sea Lion, alcanzando también a accionistas, directores y proveedores.
  • Presentación en Diputados. El proyecto ingresará el próximo lunes por la Cámara baja, con Presti (Defensa) y Quirno (Cancillería) como posibles expositores; el oficialismo espera que el tratamiento comience entre fines de septiembre y principios de octubre.

Marc Jacobs, Michael Kors y otras marcas desembarcan en el nuevo shopping OH! Buenos Aires

  • Nuevo centro comercial en Recoleta. Prevé abrir sus puertas en los próximos meses en el predio del ex Buenos Aires Design, contando con 30.000 metros cuadrados, 110 locales y 30 propuestas gastronómicas.

  • Llegada de etiquetas inéditas al país. Firmas internacionales como Stella McCartney, Off-White, Golden Goose, Palm Angels, Scotch & Soda, Dsquared2 y Mandarina Duck tendrán por primera vez locales en la Argentina.

  • Moda automotriz y un esperado regreso. Maserati estrenará un espacio exclusivo destinado a su línea de indumentaria y accesorios, mientras que la firma francesa de trajes de baño Vilebrequin volverá a operar en el país.

  • Impulso importador y capitales nacionales. La llegada de estas grandes marcas globales se da en el marco de la reciente apertura de importaciones, dentro de un proyecto financiado por el grupo argentino Hatzlaja.