El contrato con los muertos
El beneficio es de los vivos pero se enuncia siempre a nombre del fallecido
El beneficio es de los vivos pero se enuncia siempre a nombre del fallecido
Leí hace poco la historia de un soldado ucraniano que fue enterrado dos veces. Murió en 2023 en un bosque del este de Ucrania y sus padres lo sepultaron cerca del frente, en la ciudad donde la familia vivía. Cuando el avance ruso se acercó demasiado, los padres huyeron hacia el oeste del país, y en 2026 hicieron algo que a primera vista parece increíble, pidieron permiso para desenterrar a su hijo y volver a sepultarlo a 800 kilómetros de distancia, en el pueblo donde ellos se refugiaron. Sin embargo, este no fue un caso aislado, otras familias comenzaron a exhumar a sus soldados muertos para alejarlos de los rusos, y el propio Estado ucraniano estudió la creación de un mecanismo oficial para trasladar a los caídos desde los territorios amenazados. Un país en guerra, con la economía devastada y los vivos escapando de las bombas, dedica camiones, permisos, funcionarios y dinero a mudar a sus muertos.
La primera reacción es de asombro. El muerto ya no necesita nada. Lo que ocurre en su tumba puede alcanzarlo. Y sin embargo el hermano del soldado, al terminar el segundo funeral, dijo sentir alivio porque estaba por fin donde los rusos no podían llegar. Ahí no hay nadie a quien alcanzar, pero la frase no es un error ni una tontería. Es la puerta de entrada a uno de los contratos más antiguos y menos leídos de la civilización.
Para entender ese contrato conviene mirar primero cómo trató la humanidad a sus muertos, porque la conducta de estas familias ucranianas no tiene nada de exótica. Es la norma de la especie. Los antiguos egipcios enterraban a sus difuntos con comida, muebles y barcas, porque el muerto tenía un viaje por delante y necesitaba provisiones para el camino. La muerte no era un final sino una mudanza, y a los que se mudan se los equipa. En Grecia, hace 25 siglos, Sófocles escribió Antígona, la tragedia de una mujer que desafía la pena de muerte para enterrar a su hermano, porque la obligación con el cadáver pesa más que la ley del rey. Que el tema de una de las obras fundadoras del teatro occidental sea el derecho de un muerto a su tumba dice mucho sobre qué tan hondo llega esto. En Madagascar existe hasta hoy una ceremonia en la cual las familias desentierran a sus muertos cada cierta cantidad de años, los envuelven en telas nuevas y bailan con ellos antes de devolverlos a la tierra. Los griegos ortodoxos exhuman los huesos de sus difuntos al cabo de unos años y los trasladan al osario, como quien muda a un pariente a una casa más chica. Hace más de un siglo un antropólogo francés, Robert Hertz, estudió estos entierros dobles en decenas de culturas y llegó a una conclusión que sigue vigente: para los seres humanos la muerte nunca fue un instante sino un proceso. El muerto conserva durante años un domicilio, un estatus y derechos. No muere de golpe. Muere de a poco, por etapas, y mientras dura el tránsito hay que darle condiciones. Hasta el derecho moderno, que es lo menos poético que existe, participa de esta lógica: un juez ejecuta durante décadas el testamento de alguien que ya no existe, y los vivos obedecen esa voluntad sin dueño como si el firmante todavía pudiera reclamar.
Sobre esa base antiquísima los Estados modernos construyeron su propio capítulo. Cuando un Estado toma un soldado, promete varias cosas. Asegura cuidarlo, lo cual es una semiverdad, porque lo protege enviándolo al lugar donde se muere. Garantiza pensiones y derechos económicos para su familia si cae. Y se compromete a algo más, algo que todos entienden aunque nadie lo lea, si muere, su cuerpo será tratado con honor, tendrá un lugar, un nombre y una ceremonia. Esa cláusula es tan importante que se cumple incluso cuando no hay cuerpo. Cuando un soldado desaparece en una explosión y no queda nada que devolver, se entierra un ataúd vacío con todos los honores. Lo que se sepulta en ese caso no es una persona, sino el contrato mismo.
La primera guerra mundial fue el gran laboratorio de esta cláusula. Murieron tantos hombres tan lejos de sus casas que Gran Bretaña y Francia prohibieron a las familias ricas repatriar a sus muertos por cuenta propia. La regla fue que cada soldado quedara enterrado cerca de donde cayó, oficiales y soldados rasos uno al lado del otro, iguales en la muerte. Gran Bretaña creó en 1917 una comisión estatal dedicada a cuidar esas tumbas, que hasta hoy mantiene cementerios en decenas de países. Y cuando terminó la guerra, los mismos Estados inventaron algo notable: la tumba del soldado desconocido. En 1920 Francia y Gran Bretaña enterraron con honores de jefe de Estado un cuerpo sin nombre, elegido al azar entre miles, para que cada madre que perdió un hijo sin sepultura pudiera pensar que quizás era el suyo. Decenas de países copiaron la idea. Es la prueba más pura de que lo enterrado no es una persona sino una promesa: ahí abajo hay alguien que nadie conoce, y justamente por eso puede ser todos.
Alguien podría objetar que todo esto es propaganda, gestos para la tribuna. Pero la cláusula se cumple también donde no hay tribuna, y ahí es donde se ve su verdadera fuerza. Estados Unidos mantiene una agencia estatal permanente, con un presupuesto anual superior a los 100 millones de dólares, dedicada exclusivamente a buscar los restos de sus soldados perdidos en guerras que terminaron hace 80 años. Equipos de forenses excavan selvas del Pacífico y montañas de Corea para recuperar huesos de hombres cuyos padres murieron, cuyas viudas murieron, cuya recuperación no gana elecciones ni sale en los diarios. La obligación quedó escrita incluso entre enemigos, y los Convenios de Ginebra, firmados por casi todos los países de la Tierra, obligan a los ejércitos a registrar las tumbas del adversario, a sepultar sus cuerpos con respeto y facilitar su devolución. Así, los Estados pagan por esa cláusula precios que ningún cálculo frío justifica.
Israel entregó en varias ocasiones cientos de prisioneros vivos a cambio de los cuerpos de sus soldados muertos, combatientes que volvieron a pelear, canjeados por hombres que ya no existían. Rusia y Ucrania, que se matan en todo lo demás, intercambiaron miles de cadáveres a través del frente en plena guerra. Cada bando ayuda al enemigo a cumplir con sus muertos para responder con los propios. Ningún manual de estrategia recomienda nada de esto, sin embargo, el contrato lo exige igual.
Y cuando un Estado no cumple, hace algo revelador, lo esconde. La Unión Soviética repatrió a sus muertos de Afganistán en ataúdes de zinc sellados, de noche, con la orden de no mencionar la guerra en las lápidas. Rusia negó durante años que sus soldados murieran en Ucrania en 2014, mientras las tumbas frescas se multiplicaban en silencio. Los Estados que abandonan a sus muertos lo niegan o lo disimulan, y ninguno se atrevió jamás a proclamarlo, porque anunciar la ruptura del contrato tiene un precio que ningún Estado quiso pagar. Nadie esconde el incumplimiento de una obligación que no existe.
En español, a los familiares de un muerto los llamamos deudos. Adentro de esa palabra está la palabra deuda. El idioma lo supo antes que nosotros, alrededor de cada muerto hay una asignatura pendiente, y los deudos son a la vez los acreedores y los administradores de ese crédito. Pero hay algo curioso en cómo se cobra. Todo lo que se hace se hace para los vivos. El que necesita la tumba cerca es el padre, para poder caminar hasta ella un domingo. La que necesita la ceremonia es la madre, para que el pueblo se arrodille al paso del cortejo. Y sin embargo nadie lo dice así, porque no se expresa el pedido del cuerpo cerca porque me hace bien a mí. Todos dicen que es por él, que él merece descansar en paz y no puede quedar en manos del enemigo. El beneficio es de los vivos pero se enuncia siempre a nombre del muerto. El que cree de verdad que el difunto recibe no hace ningún desplazamiento, y para él la deuda es literal. Pero el mecanismo funciona igual con fe o sin ella, porque su fuerza no depende de lo que reciba el muerto sino de lo que obliga a los vivos.
Ese enunciado no es hipocresía, es la condición para que todo funcione. Si el deudo admitiera que el entierro es para él, el acto se volvería un gusto personal, algo negociable que se puede recortar cuando falta el dinero. En cambio, mientras el beneficiario declarado sea el finado, el acto es un deber, y eso no se negocia. La deuda solo existe si hay un acreedor, y este tiene que ser el muerto, aunque el fallecido no pueda cobrar. Por eso las familias organizadas presionan a los gobiernos, por eso caen ministros cuando un cuerpo queda en manos del enemigo, por eso los votantes castigan el abandono: la indignación de los vivos es la cláusula penal de un contrato que el muerto no puede ejecutar por sí mismo.
Todo esto lo administra el Estado, y este es él mismo una entidad simbólica. El Estado no existe como existen las montañas o los ríos, si mañana todos los habitantes de un país sufrieran un ataque simultáneo de amnesia, las montañas seguirían ahí, pero el Estado desaparecería en el acto, junto con las fronteras, las leyes y los rangos militares. Existe porque millones de personas creen al mismo tiempo y actúan en consecuencia. Por eso una parte central de su trabajo es simbólica. Y si bien el Estado hace cosas prácticas, cobra impuestos, construye rutas, también iza banderas, entona himnos, decreta minutos de silencio y entierra soldados con honores. Y cada uno de esos actos refuerza la creencia colectiva que lo mantiene vivo. Es un sistema que se alimenta a sí mismo, el símbolo produce ceremonias y las ceremonias fortalecen el símbolo. Por eso conviene invertir el orden habitual de la frase.
El Estado no honra a sus muertos porque existe, sino que existe por honrar a sus muertos. Cuando Ucrania gasta recursos escasos en mudar tumbas, un ente hecho de creencia compartida cumple un contrato para poder seguir siendo creído.
Volviendo al principio, en el pueblo del oeste donde la familia volvió a enterrar a su soldado, la tumba nueva lleva la misma fotografía que la vieja, la de un muchacho rubio que sonríe con una sudadera blanca, porque nunca se sacó una foto de uniforme. Sus padres viven a pocas cuadras y pueden caminar hasta ahí cuando quieren. Eso es todo lo que recibió, un nombre grabado, un lugar fijo, una continuidad mínima que los vivos administran en su nombre. Es decir, una pequeña inmortalidad. Es casi nada, pero sobre eso se sostiene el contrato que permite a los Estados pedir lo imposible y a las familias concederlo. Por eso un país bombardeado gasta lo que no tiene en mudar tumbas. No cuida a sus muertos, sino a la promesa. Y esta, a diferencia de los hombres, tiene que seguir viva.
Las cosas como son.
Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.


