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El futuro llegó hace rato

Setenta cuadras para despedir a un hombre que eligió la distancia en una época obsesionada con la cercanía. Qué revela la despedida del Indio Solari sobre los mitos, la autoridad y el valor perdido de la distancia.

Nicolás Bottini

"Setenta cuadras". La cifra me hizo acordar a un viejo poema de Baldomero Fernández Moreno. Setenta balcones y ninguna flor. En este caso no eran balcones. Eran cuadras. Setenta cuadras de personas esperando durante horas para despedir a un hombre que pasó buena parte de su vida intentando escapar de la exposición pública.

La escena tiene algo extraño. No porque se estuviera despidiendo a un músico. Argentina ya convirtió funerales en acontecimientos colectivos. Lo raro es otra cosa. Miles de personas haciendo fila para ver por última vez a alguien que construyó su figura pública evitando ser visto.

En una época donde todos compiten por atención, el homenaje más grande fue para alguien que eligió la distancia. Quizás por eso la muerte del Indio Solari dice algo más interesante sobre nosotros que sobre él.

Durante años pensamos que la historia del progreso consistía en eliminar distancias. Acercar ciudades, acercar países, acercar información, acercar personas. El tren, el avión, internet, las redes sociales. Cada innovación parecía empujar en la misma dirección. Menos obstáculos, menos intermediarios, menos separación. Y en muchos sentidos fue una conquista extraordinaria.

La cercanía se volvió un valor en sí mismo. Hoy podemos hablar con alguien del otro lado del mundo en segundos. Acceder a bibliotecas enteras desde un teléfono. Seguir en vivo a un presidente, a un empresario o a un artista. Nunca, como hoy, estuvimos tan cerca de quienes ocupan el espacio público.

Queremos dirigentes cercanos. Periodistas cercanos. Profesores cercanos. Jefes cercanos. Artistas cercanos. La distancia genera sospecha. La cercanía genera confianza.

No obstante, hay algo que quizás no vimos. La distancia no era solamente una barrera. También cumplía una función cultural. Porque en esa distancia podían nacer la admiración, la autoridad y los mitos.

Entre nosotros y ellos existía un espacio que la imaginación se encargaba de completar. Los escritores aparecían de vez en cuando. Los músicos daban pocas entrevistas. Los actores parecían habitar otro universo. Incluso las instituciones conservaban cierta solemnidad que dependía, en gran medida, de esa separación simbólica.

No es nostalgia. Se trata de entender cómo funcionan algunas cosas. La admiración necesita distancia. La autoridad necesita distancia. Incluso el deseo necesita distancia.

No hablamos de la distancia aristocrática que separa a unos pocos privilegiados del resto de los plebeyos. Hablamos de otra cosa. De esa pequeña separación que hace que se vuelva posible el misterio, la curiosidad y el respeto.

El costo de la transparencia total

No es casual que esto coincida con una crisis más amplia de la autoridad. La autoridad nunca dependió solamente del poder. Dependía, justamente, de esa distancia simbólica. La del maestro respecto del alumno. La del juez respecto de las partes. La del periodista respecto de la noticia. La del dirigente respecto de la coyuntura. Cuando esa distancia desaparece, la autoridad se vuelve más cercana y más frágil.

Nuestra sociedad contemporánea desconfía de todo lo que permanece oculto. Lo valioso es lo que se muestra, y no lo que conserva una zona de misterio. Vivimos bajo una exigencia permanente de transparencia. Todo debe ser visible, accesible y comunicable. Pero una sociedad donde todo se expone también corre el riesgo de perder profundidad. La transparencia produce información, pero no necesariamente significado.

Por eso en nuestra época es tan difícil construir figuras de autoridad duraderas. Porque la autoridad no surge solamente de la cercanía. Necesita una cierta distancia. Un espacio desde el cual una palabra pueda adquirir peso antes de diluirse en el ruido de la conversación permanente.

Hoy la palabra aura está de moda, describe ese halo especial que tiene alguien. A eso que ahora llaman "tener aura" Walter Benjamin le daba un sentido más preciso y la definía como "la aparición irrepetible de una lejanía, por cercana que pueda estar". Es decir, aquello que conserva una distancia incluso cuando lo tenemos delante. Una presencia que no puede capturarse completamente y que mantiene algo inaccesible. Algo único e irrepetible en el espacio y el tiempo.

La cultura contemporánea parece haber declarado la guerra a esa idea. Todo debe ser visible. Todo debe ser transparente. Todo debe ser explicado. Todo debe estar disponible.

Las redes sociales llevaron esa lógica a un extremo inadvertido. Nunca supimos tanto sobre tantas personas. Conocemos opiniones, rutinas, emociones, viajes y estados de ánimo. La vida pública se volvió un flujo permanente de información.

Ganamos acceso. Pero muy probablemente perdimos otra cosa, ya que la cercanía produce familiaridad, y la familiaridad rara vez produce aura, admiración o autoridad. Las celebridades contemporáneas son visibles como nunca antes. Sin embargo, pocas parecen adquirir esa densidad simbólica que tenían algunas figuras de antaño.

La anomalía del Indio

Tal vez por eso el Indio aparece como una anomalía tan difícil de decodificar. Mientras toda la cultura avanzaba hacia la exhibición permanente, él eligió el camino contrario. Construyó una figura pública a partir de la ausencia. Y lo hizo en el peor momento posible para hacerlo. Y quizás por eso funcionó.

Las religiones sobreviven gracias a sus misterios. Las grandes obras de arte siguen produciendo interpretaciones porque nunca terminan de agotarse. Los ídolos también parecen obedecer esa regla.

No admiramos solamente aquello que conocemos. También admiramos aquello que conserva un poco de misterio. Por eso, la fila de setenta cuadras puede leerse como algo más que una despedida. Fueron a despedir una figura que todavía conservaba "distancia" en una época obsesionada con la cercanía.

Por eso ahí aparece la pregunta más incómoda que deja la escena. ¿Qué pierde una sociedad cuando convierte la cercanía en el valor supremo? La respuesta probablemente exceda al Indio, al rock y a cualquier funeral. Porque la pregunta también atraviesa a la política, al periodismo, a la educación y hasta a los vínculos personales.

Vivimos en un mundo donde todos estamos cada vez más conectados y, sin embargo, parece que cada vez nos cuesta más encontrar algo que admirar, algo que escuchar con atención, algo que conserve suficiente misterio como para seguir pensando en eso después de que termine la conversación. Hemos perdido la capacidad de sostener cualquier forma de distancia. Y sin esa distancia resignamos la posibilidad misma de admirar, de creer y de reconocer autoridad.

Baldomero Fernández Moreno se preguntaba cómo podían existir setenta balcones sin ninguna flor. Quizás dentro de algunos años nos hagamos otra pregunta. ¿Cómo fue posible construir una sociedad donde todos estaban conectados pero cada vez resultaba más difícil encontrar algo digno de admirar?

Seguramente "el futuro llegó hace rato" y lo que todavía estamos tratando de entender es qué cosas se llevó en el camino.

"El futuro ya llegó. Llegó como vos no lo esperabas".

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Presidencia
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  • Un reclamo que viene del sector. La Fundación Latinoamericana de Sostenibilidad Pesquera y el peronismo piden aplicar a la pesca el mismo criterio que se usa contra las empresas que operan en la exploración de hidrocarburos sin autorización argentina.
  • Una herramienta legal que ya existe. Desde 2008, el artículo 27 bis de la Ley Federal de Pesca exige a quienes tienen cuotas o licencias en el país declarar que no tienen vínculos con buques que pesquen sin permiso argentino en Malvinas, bajo pena de perder esos permisos.
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  • Nuevo centro comercial en Recoleta. Prevé abrir sus puertas en los próximos meses en el predio del ex Buenos Aires Design, contando con 30.000 metros cuadrados, 110 locales y 30 propuestas gastronómicas.

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