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Manuel Adorni: lo inchequeable

Se pueden rastrear transacciones y auditar declaraciones juradas. Lo que sigue siendo ”inchequeable” es la confianza. El caso Adorni expone una paradoja incomoda. Cada vez verificamos más y cada vez creemos menos.

Nicolás Bottini

Durante años escuchamos la misma premisa: la transparencia viene a resolver las crisis de confianza. Más declaraciones juradas, más acceso a la información, más registros, más trazabilidad. Si todo puede ser visto, revisado y reconstruido, se termina la sospecha. La política deja de ser un territorio de intuiciones y se convierte en un asunto de evidencia. Por eso hay algo fascinante en el caso Adorni. Cuanto más detallada se vuelve la explicación que da, menos parece importar la explicación.

Supongamos por un momento, por el bien de la argumentación, que cada operación está correctamente documentada. Que cada ahorro tiene respaldo. Que cada movimiento puede reconstruirse. Supongamos que no existe ninguna irregularidad. Resulta llamativo que, aun bajo esas condiciones, la discusión no termine de cerrarse. Como si la acumulación de pruebas no lograra producir el efecto que se esperaba de ellas.

La reacción instintiva es concluir que el problema está en la calidad de la documentación. Que falta un dato, una aclaración o un comprobante adicional. Que hay “cabos sueltos” en su explicación. Sin embargo, es posible que el problema sea otro. Que la discusión ya no esté ocurriendo en el plano de la confianza. Un registro mucho más difícil de capturar.

La diferencia parece sutil, pero es fundamental. La transparencia sirve para verificar. La confianza sirve para no tener que verificar. Una auditoría reconstruye lo que ocurrió. La confianza permite actuar antes de conocer todos los detalles.

Lo curioso es que casi nunca pensamos en ella. Nadie entra a un ascensor preguntándose si va a desplomarse. Cuando manejamos por una ruta a 120 kilómetros por hora y un camión pasa en sentido contrario a pocos centímetros de distancia, no asumimos que el conductor va a cruzarse de carril. Abrimos una canilla convencidos de que habrá agua. Encendemos una luz convencidos de que llegará electricidad. Pagamos con una tarjeta esperando que el sistema funcione. Vivimos rodeados de actos de confianza tan cotidianos que se volvieron invisibles.

La modernidad descansa sobre esa infraestructura silenciosa. Confiamos en personas que nunca vamos a conocer. En el que diseñó un puente, en el que certificó un medicamento, en el que inspeccionó un alimento o en quien programó el sistema que procesa una transferencia bancaria. Si tuviéramos que verificar personalmente cada una de esas cosas, la vida cotidiana sería imposible.

La política y la confianza

La política tampoco está fuera de esa lógica. De hecho, la democracia representativa es uno de los mayores actos de confianza colectiva jamás inventados. Cada vez que votamos aceptamos que alguien tomará decisiones en nuestro nombre cuando no estemos presentes. Delegamos criterio, poder y representación. Confiamos.

Por eso la confianza no es un solamente un valor deseable de la vida pública. Es “la condición” de su funcionamiento. Y eso es lo sugestivo de toda esta discusión. Ya no es que un funcionario termine exhibiendo documentación exhaustiva, lo sugestivo es que la sociedad sienta la necesidad de exigirla. El dato relevante no es la respuesta que ofrece. Sino que empieza a ser súper relevante la pregunta que hace necesaria esa explicación.

Durante mucho tiempo pensamos que la transparencia era el antídoto contra la desconfianza. Pero sería más exacto decir que muchas veces es su consecuencia. Cuando la confianza existe, la transparencia funciona como complemento. Cuando la confianza desaparece, la transparencia se convierte en una exigencia infinita.

Es un poco paradójico. Cada documento genera una nueva pregunta. Cada aclaración abre una sospecha nueva. Cada prueba se vuelve insuficiente. Y volvemos a empezar. La promesa de que la información va a resolver el conflicto se aleja a medida que aumenta la cantidad de información disponible.

No se trata de irracionalidad. Se trata de que las partes ya están discutiendo cosas diferentes. Quien presenta la documentación cree estar respondiendo una pregunta factual: de dónde salió el dinero, cómo se realizaron determinadas operaciones, qué muestran los registros. Quien observa desde afuera está formulando una pregunta distinta: por qué hizo falta llegar hasta este punto para obtener esa explicación. La primera pregunta puede responderse con papeles. La segunda no.

Inocencia sí, confianza no

Una cosa es demostrar inocencia y otra muy distinta es producir confianza. Una auditoría puede descartar una irregularidad. Lo que no puede hacer es reconstruir automáticamente un vínculo de credibilidad.

Ahí aparece una vieja intuición que las sociedades parecen redescubrir una y otra vez. La ley responde por las acciones. La confianza responde por las personas. La ley pregunta qué ocurrió. La confianza pregunta quién creemos que es el otro. Y esa segunda pregunta nunca se termina de resolver con documentación.

Probablemente por eso el episodio Adorni resulta tan perturbador. No tanto porque nos dice algo decisivo sobre una persona, sino porque nos dice mucho más sobre nosotros. Sobre esta época que dispone de una capacidad inédita para registrar, almacenar y reconstruir información, pero que parece cada vez menos capaz de producir confianza a partir de toda es información.

La paradoja es inquietante. Nunca tuvimos tantas herramientas para verificar y, sin embargo, cada vez necesitamos verificar más cosas. Como si la abundancia de evidencia no estuviera resolviendo la desconfianza. Y estuviera más bien administrándola.

Quién sabe la verdadera noticia no sea una declaración jurada, una wallet o una secuencia de transacciones. Quizás el dato relevante sea que hemos llegado como sociedad a un punto en el que la transparencia ya no alcanza para generar confianza.

Las auditorías son necesarias. Los controles son necesarios. Las declaraciones juradas son necesarias. Pero una sociedad no puede funcionar únicamente a base de auditorías. Sería demasiado lenta, demasiado costosa y demasiado desconfiada para sostenerse. Las auditorías verifican. La confianza permite vivir.

Este debe ser la enseñanza más incómoda de toda esta historia. La confianza es como la electricidad o el agua corriente: nos damos cuánto la dependencia que tenemos cuando deja de estar disponible. Mientras funciona es invisible. Cuando desaparece, desesperamos. Y en el caso de la confianza, cuando desaparece intentamos reemplazarla con procedimientos, controles y comprobantes, pero eso no soluciona la falta de confianza. La confianza no se reemplaza.

Una democracia puede auditar muchas cosas. Lo que no puede auditar, ni reemplazar, es la confianza que necesita para funcionar.

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Malvinas: el Gobierno evalúa sumar la pesca al régimen de sanciones

Presidencia
  • Ampliación del proyecto de sanciones. En el marco de la Ley de Defensa de la Soberanía Nacional que se enviará al Congreso, la Casa Rosada analiza extender el esquema de sanciones —hoy centrado en las petroleras— a la actividad pesquera vinculada a licencias británicas en Malvinas.
  • Un reclamo que viene del sector. La Fundación Latinoamericana de Sostenibilidad Pesquera y el peronismo piden aplicar a la pesca el mismo criterio que se usa contra las empresas que operan en la exploración de hidrocarburos sin autorización argentina.
  • Una herramienta legal que ya existe. Desde 2008, el artículo 27 bis de la Ley Federal de Pesca exige a quienes tienen cuotas o licencias en el país declarar que no tienen vínculos con buques que pesquen sin permiso argentino en Malvinas, bajo pena de perder esos permisos.
  • El antecedente con las petroleras. Tras la cadena nacional del 3 de septiembre, Cancillería denunció a 60 empresas y personas vinculadas a proyectos petroleros como Sea Lion, alcanzando también a accionistas, directores y proveedores.
  • Presentación en Diputados. El proyecto ingresará el próximo lunes por la Cámara baja, con Presti (Defensa) y Quirno (Cancillería) como posibles expositores; el oficialismo espera que el tratamiento comience entre fines de septiembre y principios de octubre.

Marc Jacobs, Michael Kors y otras marcas desembarcan en el nuevo shopping OH! Buenos Aires

  • Nuevo centro comercial en Recoleta. Prevé abrir sus puertas en los próximos meses en el predio del ex Buenos Aires Design, contando con 30.000 metros cuadrados, 110 locales y 30 propuestas gastronómicas.

  • Llegada de etiquetas inéditas al país. Firmas internacionales como Stella McCartney, Off-White, Golden Goose, Palm Angels, Scotch & Soda, Dsquared2 y Mandarina Duck tendrán por primera vez locales en la Argentina.

  • Moda automotriz y un esperado regreso. Maserati estrenará un espacio exclusivo destinado a su línea de indumentaria y accesorios, mientras que la firma francesa de trajes de baño Vilebrequin volverá a operar en el país.

  • Impulso importador y capitales nacionales. La llegada de estas grandes marcas globales se da en el marco de la reciente apertura de importaciones, dentro de un proyecto financiado por el grupo argentino Hatzlaja.