Es la economia, estúpido
Parecía que había quedado viejo aquel pizarrón de la campaña de Bill Clinton. Tan lejos, allá en 1992, cuando James Carville escribió la frase y el mundo no había conocido el ataque a las Torres Gemelas, ni la Inteligencia Artificial y Donald Trump era un entrepreneur inmobiliario del que se reían todos los políticos.
Pasaron treinta y cuatro años, Trump se convirtió en presidente, perdió la reelección y la volvió a ganar en 2024. Pero esta semana, pese a toda su parafernalia de ataques personales, frases hirientes y extravagancias geopolíticas como reclamar el Premio Nobel o decir que iba a comprar o a invadir Groenlandia, el locuaz Donald fue destruido en las urnas.
Perdió de la peor manera en que un tipo de su estatura puede perder. Entregando estados históricos de los republicanos como Kansas, Ohio o Carolina del Norte. Y perdiendo contra un candidato musulmán en Michigan o contra una demócrata latina y de origen mexicano llamada Hinojosa en Texas.
Paralizado en la Cámara de Representantes y acorralado en el Senado, Donald Trump pasará los próximos dos años como el lame duck (pato rengo) de los peores presidentes estadounidenses y deberá darle las gracias a Dios, y a Barack Obama, si no le inician un impeachment.
El pecado de Donald Trump, sin dudas, ha sido creer que la batalla cultural bastaba para ganar las elecciones. Que alcanzaba con el bailecito de YMCA y la gorrita colorada de Make America Great Again.
La frase era otra. Make my bolsillo great again es el mensaje con el que la sociedad norteamericana golpeó a Donald Trump en plena cara.
La loca ofensiva de imponer aranceles extraordinarios a los países que no se avenían a sus políticas, y la escasa planificación en la guerra contra Irán hicieron el resto. El barril de petroleo Brent subió por encima de los 100 dólares y el galón de gasolina en EEUU se acercó a los 5 dólares, la cifra con la que los gobiernos pierden las elecciones.
Y perdió nomás. Los bailes, las gorritas coloradas y el ICE descontrolado aún contra aquellos inmigrantes legales que pagan sus impuestos terminaron por hundir Donald Trump. Esa es la lección para los presidentes a los que les toca enfrentar exámenes electorales.
El presidente Pedro Sánchez y su ministro de Transportes, el polémico Oscar Puente.
El primero de ellos es Pedro Sánchez
Allí está el hombre que lleva ocho años gobernando España lidiando con los peores fantasmas de su gestión. La invasión de Ceuta, agobiada con diez mil inmigrantes ilegales que inflan su población. La tragedia de los trenes en Toledo, sumando 69 muertos más a los 46 del tren de Adamuz hace apenas diez meses. Por eso, debió echar al ministro payado, Oscar Puente, que lo arrastra a una derrota como nunca antes la había conocido.
Y, como si fuera poco, esta semana volvió la sombra de la corrupción. Sino bastaba con la investigación de su esposa, Begoña Gómez; la condena de su hermano y con dos de sus mejores muchachos del Gobierno y el PSOE en prisión, ahora aparece uno de sus choferes, detenido, liberado y en la mira de los jueces del caso Koldo.
Con la inflación embravecida por el precio del petróleo, la falta de vivienda y el crecimiento congelado a la espera de las noticias electorales, Pedro Sánchez acomoda su estrategia a un futuro que puede ser negro: conservar el liderazgo de la oposición de izquierdas y evitar la fotografía más oscura: la que lo muestre en prisión.
Ni siquiera su batalla preferida, la confrontación ideológica con el argentino Javier Milei, le ha servido a Pedro Sánchez para lograr algo de alivio.
El Rey de España Felipe VI, el presidente de Argentina, Javier Milei, el presidente del Gobierno Pedro Sánchez, y el secretario General Iberoamericano, Andrés Allamand, durante la sesión plenaria de la XXX Cumbre Iberoamericana, celebrada este jueves en la Galería de las Colecciones Reales en Madrid.
La prueba del fuego para Javier Milei
En su octavo viaje a España, el presidente argentino ha preferido bajar un cambio. No fue a la cena de los presidentes de la Cumbre Iberoamericana en Madrid, pero estuvo en la foto de familia y dio su discurso breve. Usó a la escuela económica de Salamanca para tratar al Socialismo de fascista, pero eludió la descalificación personal contra Pedro Sánchez. A los ojos argentinos, un viaje casi tranquilo.
Le faltó coronar la visita a Madrid con un encuentro bilateral con el Rey Felipe VI, que sí se reunió con el presidente chileno Antonio Kast, también de derecha. Pero Milei pagó caso aquel “dictador impresentable”, que le disparó a Sánchez hace tres semanas, y Moncloa no permitió que el Rey le dedicara más que sonrisas y frases amables en los encuentros informales de la Cumbre madrileña.
Con Flavio Bolsonaro derrotado y, sobre todo, con la experiencia de su amigo Donald Trump a la vista, Milei deberá reforzar los flancos económicos de su gestión en la Argentina para el año que viene.
Es que, después de Pedro Sánchez, será Javier Milei el que enfrente el desafío de ser reelecto por otros cuatro años en 2027. El presidente argentino sabe ahora que las medallas de la baja de la inflación y el equilibrio fiscal no son suficientes para lograr el gran objetivo.
La frialdad de la economía interna, la del bolsillo como se la llama en la Argentina, representa un frente complicado ahora que la derrota de Trump asoma como una tormenta y que la ayuda financiera de EEUU no es ese bálsamo que le dio una mano inmejorable en las elecciones legislativas de 2025. Los mercados globales están mirando eso muy atentamente.
El mensaje inconfundible de la debacle trumpista es que, una vez más, la que define el humor de los votantes es la economía. Las batallas culturales constituyen una dulce frutilla de postre si el plato de comida está asegurado. Las calles sin manifestantes piqueteros; las advertencias a las empresas británicas por sus negocios en Malvinas y el regalo a futuro del oil & gas en Vaca Muerta son banderas hermosas solo si la sociedad percibe que su situación personal mejora.
Así es la realidad cuando un presidente argentino, y no peronista, debe someterse a la prueba de extender su mandato de cuatro a ocho años. Ni Alfonsín, ni De la Rúa, ni Mauricio Macri pudieron concretarlo.
Javier Milei tiene la gran oportunidad en sus manos.
Para lograrlo o para arruinarlo, si termina llevando al país de la incertidumbre a otra de sus oportunidades perdidas.
No la tiene fácil, pero todavía le queda tiempo para develar la incógnita. Los datos y las advertencias están ahí, al alcance del teléfono que siempre esta alerta entre sus manos.