Harwicz, Banville y la palabra "genocidio": una respuesta a la cancelación
La desinvitación a Ariana Harwicz en Granada dejó dos lecciones: cómo responder a una cancelación y cómo se clausura un debate.
La desinvitación a Ariana Harwicz en Granada dejó dos lecciones: cómo responder a una cancelación y cómo se clausura un debate.
Del affaire Harwicz en Granada me quedaron dos impresiones, una sobre cómo responder ante estas cancelaciones, la otra sobre la metodología habitualmente utilizada por los censores.
Como saben, Ariana Harwicz, escritora argentina residente en Francia, fue invitada a una mesa en el Festival de Granada, en España. Como respuesta a la presión de una autodenominada “Red Universitaria por Palestina”, el festival decidió desinvitarla, invocando razones de seguridad. Lo que buscaban, obviamente, era que no se le diera entidad a una escritora que tenía una posición tomada sobre el conflicto israelí-palestino que no era la dominante en el ámbito académico.
Hace un tiempo Harwicz sufrió un episodio similar en la Feria de Madrid. Unos días antes, una de las escritoras con las cuales debía compartir una mesa dijo que no quería sentarse junto a Ariana porque pensaban distinto sobre Israel. El festival decidió no anular la mesa sino mandar a la que protestaba a otra mesa, en horario central, en donde todas pensaban lo mismo. ¡Y Ariana la dejaron sola!
La experiencia le resultó tan triste y agobiante que, cuando se presentó una situación similar, como en esta ocasión en Granada, decidió cambiar la actitud: protestar enérgicamente y hacer público el episodio. Pateó el avispero, encontró mucha solidaridad, inclusive en el medio académico y cultural en el cual trabaja, pero particularmente de parte de un escritor irlandés muy importante. Se trataba de John Banville, ganador del Booker Prize, probablemente la visita más rutilante para el festival de Granada, quien declinó la invitación en señal de protesta. El tono general de la discusión cambió y varios se atrevieron a solidarizarse con la escritora.
Banville no firmó solicitadas ni levantó una pancarta: directamente los mandó a freír churros. Consultado por The Irish Times sobre el episodio, declaró: “Mi cancelación fue mi declaración”. ¡Qué hombre! Ríos de palabras en comentarios, comunicados, posteos en redes sociales y entrevistas liquidados contundentemente con una actitud.
En el otro rincón, en cambio, Martín Caparrós. El 23 de septiembre declaró no estar muy familiarizado con el caso, pero que, bueno, libertad de expresión y tal.
Cuatro días después ya estaba en condiciones de decir que Ariana Harwicz es una “sionista pro violencia”.
Un día después escribió un tuit largo explicando por qué es o no es judío y/o antisemita.
Después siguió polemizando en redes que si vengo que si voy.
Esa deriva de Caparrós, de cierto desinterés zumbón inicial a la acusación de alguien a quien no conoce para terminar enredado en una discusión totalmente estéril describe bastante bien el tenor de la conversación pública sobre el tema.
Lo que el episodio demuestra es que si las víctimas de una cancelación trazan una línea expresando que eso es inaceptable, otras voces, hasta ese momento calladas, se alzarán.
Ariana Harwicz es una persona normal, no es partidaria de los genocidios. De hecho, la mayoría de la gente que participa en estos debates y se asesta unos a otros esos apelativos definitivos, es normal. Es gente como ustedes y nosotros, que no matarían una mosca. Bueno, quizás una mosca sí. En todo caso, hay un montón de personas normales que están explicándole unas a las otras que no adhieren a las peores prácticas de la humanidad.
El tono desaforado de estas discusiones tiene que ver, desde mi punto de vista, con una práctica mayormente desarrollada por el progresismo como estrategia discursiva. La idea es imponer una palabra o un concepto que tenga un referente de maldad absoluta, indiscutible, y ponerlo en circulación en el tema que se esté debatiendo en la esfera pública.
Hasta hace poco, la muletilla era acusar a alguien que tuviera alguna desviación respecto de la historia oficial kirchnerista sobre los 70 de “negacionista”. En la práctica, casi no existían negacionistas de los crímenes cometidos durante la represión ilegal, solo gente que cuestionaba cómo el kirchnerismo lo relataba, en particular, algunos, sobre el número final de víctimas.
Hace poco reseñé en la revista digital Seúl un libro dedicado a analizar la mirada que tenía la derecha sobre la década del 70 desde una perspectiva académica de izquierda. Y los autores reconocían en un par de artículos que asestar el brulote de “negacionista” no había sido muy productivo. Incluso uno de ellos escribía que “parece una definición desacertada, casi una chicana gastada”. De hecho, se podría interpretar el intento del libro de buscar formas de impugnación al discurso de la derecha de los 70 con algo distinto a la acusación de negacionismo.
La palabra brutal para plantear cualquier discusión en un plano de superioridad moral definitivo ahora es “genocidio”. Como “negacionismo”, ambas nacieron y se cargaron de sentido a raíz del exterminio de la población judía en Europa por el nazismo. El negacionismo de la Shoah fue llevado adelante por nazis o neonazis que ponían en cuestión cosas tan documentadas como las cámaras de gas. Negar el holocausto judío fue en muchos países penado judicialmente.
Desenfundar en una discusión pública ese tipo de palabras es un recurso retórico, no un argumento. Hace que un episodio transparente como evitar que una escritora pueda sentarse en una mesa a la cual había sido invitada se convierta en una discusión de abogados, sobre definiciones burocráticas y hechos difíciles de confirmar.
Entiendo que alguien puede discutir la forma en que Israel contestó la masacre del 7 de octubre de 2023, si fue proporcional o no. No me siento en condiciones de hacer semejante cosa y asumo que la mayor parte de la gente que discute o toma posición apasionadamente sobre el tema tampoco lo está. Sin embargo, considero que es una discusión posible.
Cuando en esa discusión se enarbola como dato inapelable la palabra “genocidio”, ya no hay conversación posible, todo queda contaminado y la cadena de culpabilidades se esparce veloz desde Netanyahu hasta una escritora argentina pasando por el tuitero que comenta de manera casual el episodio. Entiendo a los que con conocimiento salen a discutir la propiedad del término y lo cuestionan abiertamente, pero creo que eso es caer en las trampas retóricas. “Mi cancelación es mi declaración”, te cierro la puerta en la cara y quedate hablando solo.
Y si vamos a apelar a los nazis para discutir cosas de 2026, mi cita favorita es una de Borges que decía en 1943 que el germanófilo (un argentino que en plena Segunda Guerra Mundial simpatizaba con el Reich) “ignora con perfección a Alemania, pero se resigna al entusiasmo por un país que combate a Inglaterra”. Hagan las translaciones correspondientes.
Dictámenes contrapuestos. Diputados firmó tres despachos sobre endeudamiento y morosidad familiar, que llegarán al recinto el próximo 7 de octubre.
La propuesta de LLA. Con respaldo de PRO y UCR (32 firmas), defiende la expansión del crédito sin tope a las tasas de interés ni intervención en las condiciones contractuales. Todo apunta a que será el dictamen ganador.
El plan de la oposición. Impulsado por el peronismo, Provincias Unidas y la CC, propone declarar la emergencia por 180 días para deudores de hasta tres canastas básicas, limitando las cuotas al 30% de sus ingresos.
Sin costo fiscal. La alternativa opositora contempla reestructuraciones directas entre acreedores y deudores, reservando la aplicación de sanciones del Banco Central para las entidades que no adhieran.
Debate. El oficialismo argumenta que el crédito creció del 6,1% al 12% del PBI con morosidad contenida, mientras que la oposición alerta sobre la grave situación social de los hogares que no cubren la canasta básica.