Comencé en 2018 y este año terminé mi gestión. Estoy contento y tranquilo. Intenté demostrar que es posible tener organizaciones de cooperación técnica al servicio de los países en la región.
¿Existe algo así como una radiografía del mundo agrícola en América Latina?
Hay una realidad heterogénea en América Latina. La agricultura no es una sola. En términos agregados, tenemos una región que hoy le exporta al mundo prácticamente una de cada cinco toneladas. Somos, en términos de exportaciones netas, la región exportadora más importante del mundo y superamos a Estados Unidos, Canadá, Unión Europea, Australia y Nueva Zelanda juntos. Lo que pasa es que a veces no nos creemos el potencial y la responsabilidad que tenemos, porque la seguridad alimentaria depende de nosotros. A veces no contamos al agro de Latinoamérica como es, para poder defenderlo después en las mesas de negociaciones.
Usted plantea la necesidad de industrialización inteligente. ¿Cómo sería concretamente?
Lo que tenemos que hacer es transformar la agricultura, la producción primaria. Acá tenemos una herramienta muy importante que es la bioeconomía, que se apoya en la economía circular, para que la agricultura entre en las cadenas de valor. Cuando uno piensa en una semilla, tiene que pensar toda la industria biotecnológica que está detrás, con la edición génica, las buenas prácticas de los cultivos. El productor emprendedor tiene pensar el tema de riesgos, de seguros agropecuarios y la logística, la infraestructura, así como la necesidad de colocar nuestros productos, que en algunos casos son premium, en mercados que son complejos.
¿Cómo entra el debate sobre la seguridad alimentaria en ese mapa agropecuario?
Los países están preocupados por la seguridad alimentaria, la seguridad energética, la seguridad ambiental. Y cuando uno tira de todas esas seguridades, llega a la agricultura. Por eso insisto en que tenemos que vender más y mejor a un sector que es clave para nuestros modelos de desarrollo y tiene que serlo aún más para el futuro.
Los desafíos para América Latina
¿En qué medida ya está ocurriendo lo de producir con valor agregado?
Si uno piensa que un valor promedio por tonelada exportada debe estar rondando los 800 dólares y si nos comparamos, por ejemplo, con los Países Bajos, que exportan por 4 .000 dólares, uno dice qué importante sería generar y apropiar valor. Eso dinamizaría muchísimo las zonas rurales, traccionaría la necesidad de tener sistemas de innovación cada vez más fuertes, las universidades tendrían que estar produciendo y, de hecho está ocurriendo, cada vez mejores profesionales. Pero la agricultura es un sector muy dinámico, que explica buena parte de los empleos, de las divisas, y estamos ante una situación que, si bien es incierta, ofrece enormes oportunidades para la agricultura.
¿En qué sectores en particular cree que hay más oportunidades?
Dado que está aumentando el poder adquisitivo de una parte de la sociedad mundial, que necesariamente requiere de más y mejor proteína, nosotros tenemos las pasturas, la genética, los ganaderos, entonces es una oportunidad, sobre todo para los países del Mercosur, pero también para todas las cadenas productivas, si son manejadas racionalmente. Es un negocio atractivo donde estoy seguro que cada vez va a haber más inversiones apoyando la transformación de la agricultura latinoamericana y también caribeña.
¿Qué falta para que crezcan más esas inversiones?
Lo primero es una nueva narrativa para el agro, una más ganadora y optimista. A veces lo vemos con el prisma de la vieja agricultura, que tenía que generar alimentos para que no afectase la capacidad de compra de los empleos industriales. Era el modelo sustitutivo de importaciones. Ahora tenemos que poner a la agricultura como un eje estratégico en los modelos de desarrollo y por eso hace falta una visión más optimista, sin dejar de reconocer los problemas a resolver, pero entendiendo que estamos ante una oportunidad única. El agro es parte de la solución, y esto no es un cliché, es la única actividad que, si bien tiene alguna responsabilidad ambiental, tiene una capacidad para secuestrar carbono como ninguna otra, de promover el desarrollo local, transformando la biomasa no solo en alimento, también en energía, incursionando en nuevas cadenas de valor.
El tema de la infraestructura, que suele ser un déficit en América Latina, ¿falta eso?
Creo que nadie nos gana en materia de competitividad hasta la tranquera, pero a partir de ahí empezamos a ceder espacios, porque tenemos que hacer más y mejores inversiones en infraestructura, en cadena de frío, en puertos. En el caso de Argentina uno ve que empiezan a tomarse medidas en la hidrovía, la posibilidad de solucionar el tema del Belgrano Cargas, otros sistemas de autopistas mucho más modernos, las conexiones entre países, pero es un tema para los próximos 20 años.
¿Hay un problema ahí con el envejecimiento de la población? Digo, que es un tema que se está discutiendo en todo el mundo, digo, pero ¿falta tentar a jóvenes, mujeres, para sumarlos al agro?
Sin lugar a dudas. Como producto de ese modelo sustitutivo de importaciones se produjo a mediados del siglo pasado una migración desenfrenada hacia las ciudades. Necesitamos ciudades intermedias, más desarrollo local en las pequeñas ciudades, para que haya un nuevo balance entre lo urbano y lo rural. Pero sobre todo hace falta un puente entre los consumidores y los productores. Los consumidores muchas veces ignoran que detrás de un sachet de leche hay un proceso muy complejo y hay productores que se levantan a las 4 de la mañana y hay una cadena de frío que hay que mantener. Para eso, y en el marco de la nueva revolución tecnológica, necesitamos jóvenes. Y a las mujeres, que en términos históricos han quedado relegadas, porque tienen menos acceso a la tierra, por lo tanto menos acceso a los créditos.
El contexto geopolítico
El desafío no se da en un escenario abstracto políticamente, sino en pleno póker entre China y Estados Unidos, donde los recursos agropecuarios de América Latina entran dentro de ese tironeo. ¿Qué actitud tiene que tomar la región?
Tiene que asumir una actitud pragmática, sabiendo que las negociaciones internacionales son muy complejas, pero tenemos los recursos naturales y eso hay que ponerlo en valor. La demanda va a seguir existiendo por las próximas décadas y tenemos que ser fuertes sabiendo que tenemos productos con calidad y demostrarlo a través de procesos de trazabilidad, de certificación. Por eso insisto que la agricultura de Latinoamérica es como si fuera un partido de fútbol que se juega de visitante. Si le damos la espalda a todos esos cambios que están ocurriendo, va a ser muy difícil que vengan acá a nuestros países. Y la cooperación internacional juega un papel fundamental para conectar países y actores del sector privado.
Sobre la crisis de la arquitectura multilateral, ¿en qué cosas tienen un punto los que lo cuestionan, en qué no y qué se puede mejorar?
Se puede mejorar mucho. Los países tienen que entender que, cuando aportan una cuota, en lugar de estar gastando dinero, están haciendo una inversión y tienen que exigir de esas instituciones una contraprestación. Para eso, tienen que ver que estén reflejadas sus agendas, tanto a nivel nacional como a nivel subregional. A veces, y yo he tratado de cambiar eso en el IICA, los organismos generan prioridades que no coinciden o no están alineadas con los países. Tenemos que simplificar las cosas, reducir la burocracia, hacer reformas, porque el multilateralismo del siglo XXI no puede seguir teniendo instituciones del siglo XX. A veces la palabra reforma es confundida con ajuste, algunos piensan solamente en sacar gente y no, la palabra reforma es adaptar las instituciones a los nuevos escenarios, el tema de la inteligencia artificial y otros procesos, para darle mucho más transparencia.
Sobre los aranceles y las medidas proteccionistas en boga, ¿atenta contra la expansión agropecuaria de América Latina?
Uno no tiene que estar mirando el árbol, sino el bosque en su conjunto, tiene que tener una mirada de mediano y largo plazo. Adhiero totalmente a un comercio más libre, sin barreras arancelarias, sin que cambien las reglas de juego de un día para otro. Y pienso que una cooperación internacional que agregue valor es algo que tiene que ser respetado, tanto por países desarrollados como países en vías de desarrollo.
¿Qué expectativa tiene respecto a la puesta en marcha del acuerdo Unión Europea-Mercosur?
Soy un optimista de ese acuerdo. Ee demoró innecesariamente y el nuevo escenario aceleró el proceso de firma. La Unión Europea, que ve de cerca el tema de Rusia y Ucrania y los problemas de provisión de alimentos, finalmente entendió que un acuerdo con Mercosur era absolutamente necesario. Van a llegar inversiones, y van a hacer que los europeos entiendan nuestra manera de producir mucho más eficiente, en la mayoría de los casos en armonía con la naturaleza, y nosotros vamos a tener que modificar algunas cosas. Es un acuerdo que marca un punto de inflexión en la economía agrícola mundial.
Las perspectivas para la FAO y para Argentina
Usted tuvo ocho años de experiencia en un organismo que es parecido a la FAO, una agencia de Naciones Unidas cuya actividad es global. ¿Cuál cree que deberían ser las prioridades?
Significaría saltar de una institución donde donde he sido el director general de 34 países miembros a 193 países. Esto que hablábamos de la heterogénea realidad de la agricultura regional ya sería global. Hay un tema que trabajé mucho desde el IICA, pero quisiera remarcarlo, es África. Buena parte de la inseguridad alimentaria, del hambre, de la pobreza, se concentra en África. Tanto América Latina como África tendrían que estar trabajando mucho más unidos. En un plano más general, creo que la FAO, al igual que hice con el IICA, tiene que estar más cerca de los países. Hay que racionalizar el tema de la burocracia y reasignar recursos en función del cumplimiento de las agendas nacionales. Lo que hay que hacer es respetarlo a través de la ejecución de los proyectos que sean menos sofisticados, pero que tengan más impacto. El tema del cooperativismo es fundamental. Quiero pensar que instituciones de la jerarquía de la FAO tendrían que incorporar a los productores, al sector privado en general, aumentar los niveles de productividad, y estoy seguro que con buenos equipos técnicos y simplificando procedimientos se verían resultados para reducir los niveles de inseguridad alimentaria.
Para Argentina, ¿cuán importante sería tener a un argentino ahí al frente?
Argentina es un ejemplo de una agricultura super eficiente, que ha sabido tender puentes con los temas de conservación, pensemos que más del 90% de la agricultura, sobre todo en la región pampeana, está con siembra directa, con rotación de cultivos, pero todo eso tenemos que difundirlo mucho más y demostrar que esta es la hora de la agricultura y que es posible, insisto, reducir eso que nos duele tanto, que son los niveles de inseguridad alimentaria, de hambre y de pobreza.