El pericón genético de la biotecnología
Más de 3.000 participantes de 20 países se juntaron en Buenos Aires para mostrar cómo la ciencia, la IA y el capital se mezclan.
Más de 3.000 participantes de 20 países se juntaron en Buenos Aires para mostrar cómo la ciencia, la IA y el capital se mezclan.
Si pasaste por cuarto del secundario (o del liceo, como le decimos en Uruguay), y recordás algo de biología, pudieron pasar dos cosas: o te enamoraste de la genética, o la odiaste. La palabra meiosis te hace sonreír o te da escalofríos. Yo soy del primer equipo. Por eso sonreí cuando Alejandrina Vendrell me contó lo que estaba armando con sus socios: Crossing Over LATAM.
En genética, el crossing-over es una de las grandes fuentes de variabilidad. Los cromosomas no pasan de abuelos a padres y de padres a hijos como bloques intactos. Cuando se forman los óvulos y los espermatozoides, cada cromosoma se aparea con su pareja, la que vino del otro progenitor, y se intercambian fragmentos. Una especie de pericón genético. Es una de las razones por las que dos hermanos nunca son iguales (salvo los gemelos idénticos, que hacen trampa).
El encuentro hizo lo mismo, pero a gran escala. Más de 3.000 participantes de unos 20 países se cruzaron en Buenos Aires del 21 al 23 de octubre, y cada uno se llevó algo del otro. A mí me tocó moderar una de las conversaciones. Alejandrina dice que me invitó por mi naturaleza nerd, y no pienso contradecirla. Pero lo que más me quedó del encuentro no pasó arriba de un escenario. Fue ver cómo el crossing-over se me aparecía desde tantas aristas. Empezando por lo maravilloso de ver la multitud agrupada junto al escenario cuando dos científicos consagrados terminaban sus charlas. Ambos se quedaron sacándose fotos con estudiantes que hacían fila para conocerlos, como estrellas de rock.
Uno de ellos fue Gabriel Rabinovich. Estudió bioquímica y hace más de treinta años arrancó su carrera trabajando con azúcares en el laboratorio cordobés que le dio cabida, haciendo lo que él mismo llama “ciencia aburrida”. Sin embargo, esa base, junto a lo demás que fue investigando, le permitió generar una conexión que nadie había hecho hasta ese momento. Notó que una proteína que reconoce esos azúcares, la galectina-1, era utilizada por varios tumores para esconderse del sistema inmune. De ahí salieron estrategias para nuevas terapias. Hoy reparte su año entre Buenos Aires, donde dirige el Programa de Glicoinmunología del IBYME-CONICET, y Barcelona, donde lidera un grupo de investigación en el CaixaResearch Institute. Ese ir y venir entre hemisferios fue el crossing-over más literal de esos tres días.
El otro fue Mario Feldman, de la Universidad Washington en San Luis, cuya charla se titulaba “El primer biotecnólogo de la Argentina”. Contó en público que también arrancó haciendo ciencia aburrida, y que al principio no patentó sus descubrimientos. Valientemente compartió este error, y cómo ideó formas para subsanarlo. Sin dudas, un resiliente que siguió para adelante. Con mucho humor compartió que se hizo viral no por su trabajo en vacunas, sino por su receta de flan en diez minutos. Seguramente, otra variante del crossing-over: de la mesada del laboratorio a la de la cocina. Hubo otros que cruzaron de la academia a la empresa, algunos en la industria biotech ya establecida, como Laura Sepp-Lorenzino, que pasó por Alnylam, Vertex e Intellia Therapeutics, y otros en la emergente, como Marina Simian, cofundadora de Oncoliq.
Hubo crossing-over entre edades. Los organizadores becaron a casi mil estudiantes e investigadores jóvenes, que pudieron conversar con científicos consagrados y con distintos actores de la biotecnología. Ahí descubrieron la pluripotencialidad de lo que estudian: como una célula madre, que puede convertirse en casi cualquier tipo de célula, su formación puede llevarlos de la farma a los materiales.
También hubo crossing-over entre industrias. Vi startups de agtech (biotecnología aplicada al agro), salud animal, alimentos y hasta petróleo y gas. La biotecnología ya no se queda en el hospital. Una de ellas, Elytron, que trabaja con microorganismos, mostró una diapositiva que resume la época: “Cualquiera puede comprar inteligencia artificial. Esto, nadie.” Y “esto” eran más de 1.500 microorganismos caracterizados, seis años de ensayos de laboratorio y de campo, y bancos propios en Argentina y Brasil, todo dentro del Protocolo de Nagoya (el acuerdo internacional que regula el acceso justo a los recursos genéticos). Ya lo habíamos argumentado en junio, en “En biotech, lo gratis se paga con datos”: la IA se compra, pero los datos que juntaste y guardaste durante años, no.
Cristian Hernández-Cuevas, cofundador de Zentynel, que se presenta como el primer fondo latinoamericano de venture capital especializado en biotecnología, lo lleva más lejos en su ensayo “The New Operating System of Biotech”. El mercado va a descontar cada vez más la IA como promesa suelta, escribe, y lo reiteró en su panel. Lo que va a valer es mostrar que cambió cómo una empresa aprende, decide y avanza, y las mejores no van a ser explícitas en su uso de la IA, sino que van a mostrar que no podrían existir sin ella. En su charla sumó un rol nuevo: quien gestione a los agentes de IA va a ser una de las personas más valiosas de una compañía. Lo resumió con una frase que juega con el nombre del encuentro (sospecho que es otro nerd): “Algunos ya están haciendo crossing-over”.
José Duca, de Pillar VC, llegó al mismo lugar desde los datos, haciéndonos entender el camino de la investigación y desarrollo, donde ya no alcanza con un humano en el circuito (human in the loop). Hace falta un humano al mando, decidiendo con criterio y logrando evadir al humano que obstaculiza el avance. Cristian y José hicieron, además, otro crossing-over (uno que conozco de primera mano): de la ciencia a los negocios. Este crossing-over es muy necesario, ya que hay una cierta cultura, empatía, tal vez hasta dolores compartidos, que hace que viniendo del palo científico puedas fluir mejor en ese mundo.
Finalmente, hubo, también, crossing-over entre mundos. John Cumbers, fundador de SynBioBeta, una de las comunidades más grandes de biología sintética, dijo que, si bien la región tiene datos y talento de sobra, actualmente cuenta con poca capacidad de cómputo y bajo acceso a capital. Pero aclaró que el capital existe, escondido en industrias tradicionales, y que hay que salir a buscarlo, traerlo al laboratorio y contagiar la visión. La idea no es replicar el modelo de Silicon Valley, sino armar uno propio. Para eso hace falta lo que él llamó “enzyme people”, gente enzima. Una enzima acelera una reacción y sale intacta, lista para la siguiente.
Esta fue la primera edición, y el año que viene va a haber más cruces, con la segunda edición de Crossing Over LATAM. La meiosis no garantiza hijos geniales, pero sí garantiza variabilidad, que es de donde salen. En algún lugar entre los jóvenes participantes hay alguien que está apostando a hacer algo “bio” y que dentro de treinta años va a contar su propia historia desde un escenario, mientras un estudiante le pide una foto.

Coparticipación porteña. El PRO volvió a reclamar para el Presupuesto 2027 que Nación salde la deuda por transferencias con la Ciudad de Buenos Aires; el oficialismo confía en que se podrá resolver este conflicto entre gobiernos, aunque ya lleva tiempo en puja y no ve resoluciones.
Alivio impositivo. El bloque de Cristian Ritondo también pidió por la baja del impuesto a los combustibles y una reducción de la alícuota del IVA al huevo, pasando del 21% al 10,5%, tal como piden sectores de la industria avícola.
Transparencia en obras. Reclaman la publicación detallada de inversiones, plazos, tarifas e informes trimestrales sobre el avance de obras -con foco en rutas nacionales- y el costo fiscal de las concesiones.
Freno al dictamen y fechas en duda. El PRO advirtió que no acompañará el proyecto oficialista hasta no destrabar estos puntos; la sesión, prevista inicialmente para el 18 de noviembre, podría postergarse al 25 debido a las negociaciones y la visita del papa León XIV.